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Toda empresa tiene aquel empleado que es el rey de las bromas.
Él no consigue resistir la tentación de transformar cualquier asunto, en un buen chiste.
Alguno de ellos, hasta pierden el empleo. Pero jamás dejarán de hacer bromas.
Los colegas a veces ríen, otras veces hayan que está siendo inconveniente.
Los jefes, detestan al empleado bromista, porque encuentran que él distrae la atención, del que necesita trabajar en un ambiente tranquilo. Solo para menospreciarlo, dan al pobre un apelativo degradante:
El payaso de la empresa.

Cuando yo tenía 10 años, era la payasa del colegio. Vivía haciendo y diciendo bromas durante la clase y por culpa de eso, era constantemente puesta de castigo.
Mis padres fueron llamados varias veces por los profesores y tenían que oír que si yo continuaba de esa forma, iría a ser una fracasada en la vida, porque no tomaba nada en serio.

Solo que una vez por año, el día de los profesores, se organizaba una fiesta, y yo era la animadora de la misma!
Allí en el palco, yo repetía las mismas bromas que hacía en clase, ridiculizaba los profesores, la manera como ellos hablaban y los métodos que ellos usaban.
Para mi sorpresa, en la fiesta ellos se reían mucho....y hasta aplaudían. Pero al día siguiente, a la primera broma que hacía en clase, me “invitaban a salir del salón”.

Ser la payasa de la clase, fue una lección que aprendí temprano.
Y terminó siendo extremadamente útil en mi vida profesional:

Reír es muy bueno.
Ser bien humorada es imprescindible.
Desde que sepamos usar la risa, el humor y principalmente la crítica,
en el lugar y en el momento apropiado.



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