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Al que nos ama y nos liberó de nuestros pecados por medio de su propia sangre y que hizo que fuéramos un reino y sacerdotes para su Dios y Padre, a él vayan la gloria y el poder para siempre. Amén.
Al que venza lo haré columna en el templo de mi Dios, y ya nunca saldrá de ahí. Sobre él escribiré el nombre de mi Dios, el nombre de la ciudad de mi Dios la Nueva Jerusalén que baja del cielo, desde donde está mi Dios y mi nuevo nombre
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