EN EL siglo primero, Jehová reveló a su pueblo que la Ley mosaica había quedado abolida por el sacrificio redentor de Jesús (Col. 2:13, 14).
Por este motivo, las ofrendas de animales y otros productos —que los judíos llevaban siglos presentando—
se habían vuelto innecesarias y habían perdido su valor.
Como si fuera un “tutor”, la Ley había cumplido con su misión de conducir a los judíos a Cristo (Gál. 3:24).
Pero esto no significa que a los cristianos no nos interesen los sacrificios.
¡Todo lo contrario!
El apóstol Pedro señala que debemos
“ofrecer sacrificios espirituales aceptos a Dios mediante Jesucristo” (1 Ped. 2:5).
Y el apóstol Pablo deja claro que todas las facetas de nuestra vida —la cual hemos dedicado a Dios—
pueden considerarse un “sacrificio” (Rom. 12:1).
Los cristianos le hacemos sacrificios a Jehová cuando le ofrecemos algo
o cuando renunciamos a ciertas cosas por su causa.
Por eso, nos conviene estar seguros de que dichos sacrificios sean de su agrado,
teniendo siempre presentes las condiciones que él puso a los israelitas.
LO QUE YO ENSEÑO NO ES MIO
PERTENECE AL QUE ME ENVIO” (Juan 7:16.)