Los siervos de Dios tienen la esperanza de resucitar en el caso de que mueran,
es decir, tienen la esperanza de vivir de nuevo como “almas” o criaturas vivas. Por esa razón,
Jesús podía enseñar: “El que pierda su alma [su vida como criatura] por causa de mí
y de las buenas nuevas, la salvará. En realidad, ¿de qué provecho le es al hombre ganar todo el mundo y pagarlo con perder su alma?
¿Qué, realmente, daría el hombre en cambio por su alma?” (Mr 8:35-37), y también:
“El que tiene afecto a su alma la destruye, pero el que odia su alma en este mundo la resguardará para vida eterna”. (Jn 12:25.)

Estos textos, y otros similares muestran cómo deben entenderse las palabras de Jesús en Mateo 10:28:
“No se hagan temerosos de los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma; sino,
más bien, teman al que puede destruir tanto el alma como el cuerpo en el Gehena”.
Aunque los hombres pueden matar el cuerpo, no pueden matar a la persona para siempre,
ya que en armonía con el propósito de Dios, esta sigue viva (compárese con Lu 20:37, 38),
pues Él restaurará a tal persona fiel a la vida por medio de la resurrección.

Los siervos de Dios consideran que perder su “alma” o vida como criatura es algo solo temporal, no permanente.
Compára con Rev 12:11.