Un día al año —Yom Kipur—, el sumo sacerdote
entraba en el Santísimo del templo con la sangre
de los sacrificios hechos por sus propios pecados
y por los del pueblo (Levítico 16:11, 14, 15).
Gracias a esta y otras ceremonias que se hacían ese día,
todos se libraban de los sentimientos de culpa
acumulados por los pecados de todo ese año.
Si no se derramaba la sangre del animal sacrificado,
no se podía obtener ningún perdón
“porque la sangre es lo que hace expiación”
(Levítico 16:30) Ese día se hará expiación por ustedes para declararlos puros. Quedarán limpios de todos sus pecados delante de Jehová.
(Levítico 17:11) Porque la vida de la carne está en la sangre, y yo mismo la he puesto sobre el altar para ustedes, para hacer expiación por ustedes, porque la sangre es lo que hace expiación mediante la vida que hay en ella.
LO QUE YO ENSEÑO NO ES MIO
PERTENECE AL QUE ME ENVIO” (Juan 7:16.)