Pífias...!!

Un día a las 9 de la mañana me presento en un hospital, me atiende el jefe de cirugía y me pregunta que me pasa. Le digo: debo tener el apendice en muy, muy mal estado, pués hace dos días que se me reventó y tengo todo el vientre y el addomen lleno de pus y de porquería (microbios patógenos). Me mira con una cierta altanería, me hace estirar encima de un banco de madera que había allí y me aprieta el vientre del lado del apéndice... Al ver que no reaccionaba, lo menos que se le ocurrió pensar, aún que hubiera sido por solo un momento, es que yo podía tener razón con lo que le dije. En vez de eso, debió pensar que ya había hecho lo que dicen los libros y que yo de apendicitis "nada de nada", pero como era una clínica particular, debió pensar que un poco más de trabajo bien remunerado no le iría mal.

La conclusión fué que si me operó..., pero a las 9 de la noche (12 horas después). Al día siguiente a las 8 de la mañana lo tenía al pié de la cama con la cara semi descompuesta diciéndome lo mal que lo tenía.

Llega la hora de comer y se me presenta la "mama superiora" toda sonriente, con un plato de pollo al horno y patatas fritas... No me lo podía creer. Le dije, pero mama, ¿cree usted realmente que yo me puedo comer eso estando como estoy...? Apenas me dejó hablar diciendo que si, sí, que me hacía falta comer mucho y que aquello me iría bien. Como no me gusta repetir las cosas una vez las he dicho, me comí por ahí de una tercera parte. A la que empieza la digestión (20/30 minutos después) me empieza a subir la fiebre hasta quedarme completamente inmóvil, incapaz de mover ninguna parte del cuerpo, en cambio la mente podía pensar con una claridad y rapidez muy fuera de lo habitual, y a lo que concierne al oído, podía oír y distinguir sonidos muy lejanos y con toda claridad, como si dispusiera de amplificadores de una perfección impensable.

Cuando bajó un poco la fiebre y pude moverme y hablar, hice llamar a la "mama" (por aquel entonces había monjas en todos los hospitales) y le expliqué el problema. Me miró de la misma manera que hace una vaca (con perdón) cuando se encuentra en un prado y acontece algo que no comprende. A los tres días de pasarme lo mismo, volví a llamarla y le dije: mire, la temperatura me sube hacia los 42º, usted sabe que tenemos la cabeza llena de capilares sanguíneos, solo basta que se me rompa uno, para tenerla liada. Como era domingo, se fué corriendo a llamar al cirujano para ver que tenía que hacer. No se si lo encontró o no, pero como ella ya era bastante "apañadita" se presentó con unas tijeras y una especie de cuchillo... y empezó a cortarme a lo vivo lo que ya se estaba soldando por haberlo cosido el cirujado (otro detalle que ya me perdonará éste, coserme al ver la "m.." que tenía dentro). Me hizo ver las estrellas de nuestra galaxia... y las de otras. Lo que llegó a salir de ahí..., mejor no lo cuento.

Cuando volvió más tarde le dije: mire Vd., tengo hijos y mujer que mantener, por lo tanto le pido que de ahora en adelante me traigan únicamente para comer, puré de patata, cebolla hervida y zumo de naranja natural, y le agradecería que se hiciera tal como le digo. El lunes a primera hora, ya volvía a estar el cirujano ahí (para ver si todavía estaba vivo...) y la hermana dándoselas de espabiladita -¿que será que los más burros siempre quieren ser los más espabilados?- le dice con un tono tirando a despectivo: fíjase que este señor solo quiere que le traigamos esto, eso y aquello..., el médico que ya había aprendido la lección, se la mira y dice: si esto es lo que pide le dáis esto...

Así y todo, de vez en cuando en la cocina para no estar hirviendo una cebolla la ponían entera al horno y luego le quitaban un par de pieles para que no me diera cuenta (pués todavía nadie había asumido lo importante que era para que pudiera salir de ahí por mi propio pié y no en traje de madera), a los pocos minutos de habermela comido me volvía a subir la tempertura... no solo eso, si no que a veces las enfermeras se comían las naranjas que traían para mi... y luego le añadían zumo de naranja de botella, con el mismo resultado. Hasta que a las tres semanas veía que no había adelantos significativos, les pedí que me dieran un montón de gasas y todo lo necesario para ir curándome yo mismo en casa, y que me dieran el alta bajo mi responsabilidad, pués el objetivo era salir de aquel estado que de continuar me llevaría al cementerio... Tiraron patadas por todas partes, pero yo logré sobrevivir y no precisamente gracias a sus cuidados.