Era un jóven desprolijo, es decir me portaba mal, andaba con chicas etc. y un día íbamos en un coche y yo de acompañante delantero y le íbamos gritando piropos a las chicas de la calle, era sábado por la noche y de repente una voz me dijo: es una verguenza lo que estás haciendo pues eres un profeta.
Luego me afiancé en mi fe y mi misión. Y traté lo más posible de alejarme del pecado.





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