"Inteligencia del cuerpo" (o inteligencia emocional).

Como pasatiempo hace unos años me dió por plantar una gran variedad de arboles frutales. Medio en serio y medio en broma, llegué a llamarle "Paraíso Terrenal" por lo bonito que quedó todo y la paz que se sentía al estar ahí.

Un día del mes de febrero con un sol radiante, me disponía a pintar con lechada el tronco de una docena de manzanos y perales que me habían quedado del día anterior. Me encontraba en la casita (que yo llamo barraca), ya con todo preparado, contento y feliz porque en unas pocas horas habría terminado y toda la finca ya tenía más aire de jardín que no de viña o huerta. A la que me agacho para agarrar el asa del cubo de la cal, casi como si me hubiera alcanzado un rayo (intento describir lo que me pasó), me quedé completamente sin fuerzas ni energía... No sabía lo que me pasaba y estuve ahí agachado un buen rato hasta que pude ponerme derecho y sentarme en una silla.

Pasaría alrededor de media hora sentado, inmovil, sin tener fuerzas para nada. Como intenté levantarme un par de veces y no había manera, empecé a pensar que si no podía hacer aquel trabajo, ¿porque no hacer otro? Al momento de pensar eso, ya me vi de pié estando otra vez lleno de energía. Estuve trabajando unos tres cuartos de hora, y luego decidí que, ya que me encontraba bien, volver a la barraca a buscar la cal y el pincel y terminar de blanquear los arboles que quedaban. Una vez me agacho para agarrar el cubo..., la misma historia que no me dejaba moverme. Pasé otro buen rato ahí, hasta que al final me enfadé conmigo mismo y me dije a mi mismo: "hijo mío, pareces tonto, vienes aqui a terminar un trabajo y luego cualquier escusa es buena para no hacerlo". Saqué todo mi orgullo y mala baba para conseguir agarrar el cubo y el pincel y empezar a bajar las cuatro terrazas que me separaban de donde estaban los frutales.

Como dije, era un escepcional día soleado y caluroso de febrero. Yo iba con camisa de manga corta y me recliné encima del margen con el brazo derecho apoyado en el suelo, para empezar el tercer arbol. El suelo estaba lleno de inflorescencias de avellado que suelen ir de dos en dos con unos diez centimetros de largo cada uno. Creo que fué más un sexto sentido que me alertó del peligro. Vi a unos diez centímetros de mi brazo como una de esas inflorecencias parecía levantarse..., tuve el tiempo justo de retirar el brazo..., pués un "escorzor" (una víbora) de unos treinta centímetros de largo ya estaba preparada para atacar. La maté con un palo, y tenía unos colmillos en forma de aguijón extremadamente finos en la punta, y que al abrirle bien la boca ocupaba el espacio de toda la cabeza.

No se si volví a nacer, pero el veneno que contenía tampoco se si me hubiera dado tiempo a buscar ayuda.

Quien venga de otro planeta y desconozca totalmente la vida y naturaleza de éste, mejor que no lo lea para que no se autodenigre más buscando con su "sabiduría" innata la manera de ocultar su ignorancia llevada con toda honra...