Una verdad gloriosa sobre la persona de Cristo que ilumina la maravillosa verdad de de la salvación es que Jesucristo, en su encarnación, es "verdaderamente Dios y verdaderamente hombre". El que murió en la cruz permanece subsistiendo en la forma de Dios. Una simple criatura no puede soportar el peso de la ira eterna de Dios contra el pecado y liberar a otros de él. El pecado contra un Dios infinito exige un pago infinito, pero un ser humano finito no puede ofrecer esto a Dios. Es necesario un Salvador que sea más que un hombre. La muerte de Cristo, debido que él era tanto Dios como hombre, tiene un valor infinito y satisface plenamente las justas demandas de un Dios infinitamente santo.
Última edición por Estocada; 14-mar.-2020 a las 07:52
El ego es un eje demasiado débil para hacer girar nuestra vida en torno a él.