La Palabra de Dios no es todo lo escrito en las biblias, pues la Palabra de Dios es la Palabra del Evangelio y no los mandatos del Antiguo Testamento, de las cartas, o de cualquier parte de las escrituras, que son contrarios a lo que enseña el Evangelio. Por eso:
El les dijo: Por eso todo escriba docto en el reino de los cielos es semejante a un padre de familia, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas
Mateo 13:52
Y es que en las escrituras, que son el tesoro del buen escriba, hay cosas nuevas, que son el trigo (escritos que enseñan la verdad) y también hay cosas viejas (deterioradas), que son la cizaña (escritos que no enseñan la verdad, sino la mentira).
La verdad (el trigo) es lo que enseña el Evangelio, y la mentira (la cizaña) son los escritos del Antiguo Testamento, de las cartas o de cualquier parte de las escrituras, que no coinciden con lo que enseña el Evangelio, sino que lo contradicen. Y esos escritos que enseñan la mentira, son escándalos que serán recogidos por los ángeles de Jesús en el tiempo del fin para ser quemados como parte de la cizaña:
Mateo 13:40-41
De manera que como se arranca la cizaña, y se quema en el fuego, así será en el fin de este siglo. Enviará el Hijo del Hombre a sus ángeles, y recogerán de su reino todos los escándalos, y a los obradores sin ley ...
Y es la ley de Dios había sido cambiada es mentira y se estaba enseñando preceptos de hombres como si fueran ley de Dios.
Por eso Jesús, después de que había advertido que no había venido a abolir la ley y los profetas, abolió del Antiguo Testamento el ojo por y diente por diente, los mandatos de esclavitud, sacrificios, penas de muerte y todo mandato que ordenaba a los hombres hacer guerras y hacer daño matar a las personas en muchas ocasiones.
Todos esos mandatos del Antiguo Testamento que faltaban a la misericordia no eran de Dios, sino de hombres, por eso fueron abolidos por Jesús.
Entonces, cuando leamos las Escrituras del Antiguo Testamento, de las cartas o cualquier parte de las Escrituras, debemos tener cuidado con los mandatos que no coinciden con el Evangelio sino que lo contradicen, pues nada debe contradecir al Evangelio.





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