En armonía con el propósito de Dios
de bendecir a los hombres de fe,
llegó el tiempo debido para que este Hijo celestial
llegara a ser un hombre en la Tierra.

Esto exigía un milagro de Dios.

Jehová, por su espíritu santo o fuerza activa,
transfirió la vida de Jesús desde el cielo
a la matriz de una muchacha virgen judía llamada María.

Anunciando esto a María de antemano, el ángel Gabriel dijo:
“Espíritu santo vendrá sobre ti, y poder del Altísimo
te cubrirá con su sombra. Por eso también lo que nace
será llamado santo, Hijo de Dios.” (Lucas 1:35)

El Creador podía hacer esto sin ninguna dificultad.
Ciertamente Aquel que formó a la primera mujer
con la facultad de producir hijos podía hacer que
una mujer concibiera un niño sin un padre humano,
al ser Dios mismo responsable directamente de la vida del niño.

Este niño, Jesús, no era Dios, sino el Hijo de Dios.
Fue un humano perfecto, libre del pecado de Adán.
¿Cómo fue posible eso? Porque, como dijo el ángel,
el “poder del Altísimo” fue responsable de ello;
hasta guió su desarrollo mientras estuvo en el vientre de María.