José de Arimatea era un hombre rico que pidió a Pilato que le entregara el cuerpo de Jesús para enterrarle. Lo envolvió en una sábana limpia y lo puso en su sepulcro nuevo, que había labrado en la peña.
De no ser por José de Arimatea, Jesús hubiera sido enterrado en el sepulcro común, entre otros muchos crucificados.
¡Qué cosas tiene la vida!
José de Arimatea pudo hacer esto por Jesús, porque era rico.
Si un mes antes hubiera vendido todas sus riquezas, y las hubiera repartido entre los pobres, él no hubiera podido hacer nada por Jesús; y los pobres beneficiados por el reparto de las riquezas de José de Arimatea, tampoco; porque seguirían siendo pobres, y desconocidos.
Esto demuestra que la vida transcurre al margen de nuestras creencias y de nuestros deseos.
No intentemos cambiar el curso de la vida. Sería suplantar los designios de Dios.
La Verdad nos hará libres.