“Pero de aquel día y de la hora nadie sabe, ni aun los ángeles que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre.” (Marcos 13:32)

Para mí, es uno de los versículos más interesantes que podemos encontrar en el evangelio.
Jesús acaba de dar a sus discípulos uno visión futura de cómo será el final de los días. Incluso ha predicho que se levantarán falsos Cristos y falsos profetas. Todo lo ha dicho sin que nadie le preguntara.

Pero llega al punto importante, el momento que esto suceda.
Y Jesús remarca la importancia de ese día, y de su conocimiento.
Enumera la familia celestial: ángeles, Hijo y Padre; familia que, teóricamente, debería conocer ese momento, dado sus muy altos dones de conocimiento.

Pues nada de eso. Los ángeles del cielo no conocen ese día. Y lo más gordo ¡El Hijo tampoco conoce ese día!
Sólo lo sabe el Padre.
Lo cual llevaría a los mal pensados a deducir que el Hijo es menos que el Padre.

Pero lo verdaderamente importante en este versículo, es el tremendo fallo que comete Jesús al olvidarse de la existencia del Espíritu Santo.
¡Al enumerar la familia celestial, no lo menciona!

¡Pero yo quiero saber una cosa! ¿Sabe el Espíritu Santo cual es ese día?
En un asunto tan importante ha desaparecido un personaje.

Cuando nos referimos a una persona, nos estamos refiriendo a su totalidad.
Podemos decir: esa persona es embustera. No procede decir: esa persona y sus brazos es embustera.

Es evidente que Jesús no cometió un lapsus. Al hablar de la familia celestial, no omitió a nadie.
Si esto es así, saquemos nuestras conclusiones.