El mismo artículo, citado de aquí https://wol.jw.org/es/wol/d/r4/lp-s/1101989276 al tratar sobre la doctrina de la trinidad, también tiene una sección sobre el espíritu santo, del que nuestra coforista Gina ha posteado un texto. Esta sección sobre ese asunto es aclaratoria:
¿Enseña la Biblia que el “Espíritu Santo” sea una persona?

Quizás parezca que algunos textos particulares en los que se hace referencia al espíritu santo indiquen personalidad. Por ejemplo, se hace referencia al espíritu santo como a un ayudante (pa·raʹkle·tos, en griego; “Consolador”, FS; “Abogado”, NBE, NC) que ‘enseña’, ‘testifica’, ‘habla’ y ‘oye’ (Juan 14:16, 17, 26; 15:26; 16:13). Pero otros textos dicen que ciertas personas fueron ‘llenas’ de espíritu santo, que algunas fueron ‘bautizadas’ con él o ‘ungidas’ con él (Luc. 1:41; Mat. 3:11; Hech. 10:38). Está claro que estas referencias al espíritu santo no corresponden a una persona. Para comprender lo que la Biblia en conjunto enseña, hay que considerar todos estos textos. ¿Cuál es la conclusión razonable? Que los primeros textos citados aquí emplean lenguaje figurado para personificar al espíritu santo de Dios, su fuerza activa, así como la Biblia también personifica la sabiduría, el pecado, la muerte, el agua y la sangre. (Véanse también las págs. 136, 137, en la sección “Espíritu”.)

Las Sagradas Escrituras nos dicen el nombre personal del Padre... Jehová. Nos informan que el Hijo es Jesucristo. Pero en ningún lugar de las Escrituras se aplica un nombre personal al espíritu santo.

Hech. 7:55, 56 informa que a Esteban se le dio una visión del cielo en la que vio “a Jesús de pie a la diestra de Dios”. Pero no se menciona que viera al espíritu santo. (Véanse también Revelación 7:10; 22:1, 3.)

La New Catholic Encyclopedia admite: “La mayor parte de los textos del N[uevo] T[estamento] revelan que el espíritu de Dios es algo, no alguien; esto se ve especialmente en el paralelismo entre el espíritu y el poder de Dios” (1967, tomo XIII, pág. 575). También informa: “Los apologistas [escritores griegos cristianos del siglo II] hablaron con demasiado titubeo respecto al Espíritu; con cierta medida de expectación, acaso se podría decir de manera demasiado impersonal” (tomo XIV, pág. 296).