Repetidas veces las Escrituras se refieren a Jesucristo como aquel a quien Dios “envió” como su representante principal

Es interesante el hecho de que la Biblia a menudo describe a personas que representan a otras personas como si ellas fueran las personas representadas. Considere dos ejemplos:
(1) El Evangelio de Mateo relata que, después de pronunciar el Sermón del Monte, Jesús entró en Capernaum, donde “un centurión se presentó ante él, rogándole” que sanara a su esclavo. (Mat. 8:5-13) No obstante del relato paralelo en Lucas 7:1-10 nos enteramos de que el centurión “envió a los ancianos de los judíos [a Jesús] para pedirle que fuera y sanara a su esclavo.”

(2) En el Evangelio de Marcos leemos que “Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se presentaron ante él,” pidiendo: “Concédenos sentarnos, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu gloria.” (Mar. 10:35-37) Sin embargo, Mateo relata que en realidad fue “la madre de los hijos de Zebedeo,” quien como representante de éstos en realidad le hizo la petición a Jesús.—Mat. 20:20, 21.

Por supuesto, de estos relatos bíblicos nadie llegaría a la conclusión de que aquellos ancianos judíos y el centurión eran coiguales, o que la madre y sus hijos, Santiago y Juan, eran coiguales. Semejantemente, nadie debería llegar a la conclusión de que Jesús y Dios son coiguales sencillamente porque cosas declaradas acerca de Jehová Dios en ciertas partes de la Biblia se aplican a Jesucristo en otras partes. La verdadera razón de esto es que Jesús representa a Dios.

¿Se debe a eso que el Hijo de Dios dijera: “El que me ha visto ha visto al Padre”? Sí, pero en esa expresión hay más envuelto que mera representación. La petición, “Señor, muéstranos al Padre,” sugiere que Felipe quería que Jesús proveyera a sus discípulos una manifestación visible de Dios, como las que fueron concedidas en visiones a Moisés, Elías e Isaías en tiempos antiguos.

Sin embargo, en dichas visiones los siervos de Dios vieron, no a Dios mismo, sino representaciones simbólicas de él. (Éxo. 33:17-22; Juan 1:18) La contestación de Jesús indicó que Felipe ya tenía algo mejor que visiones de esa índole. Puesto que Jesús reflejaba perfectamente la personalidad de su Padre, a quien solo el Hijo ‘conocía’ plenamente, el ver a Jesucristo era como ver a Dios mismo.—Mat. 11:27.