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[REPOSO MENTAL, comentario 199].
Con estos comentarios no estamos culpabilizando a Tolle de malas intenciones, sino que pretendemos poner el acento en el simplismo que avistamos en sus ideas y en las presumibles consecuencias (que sospechamos pudieran ser nefastas) de materializar semejante simplismo. A lo largo de todo el libro, “El poder del ahora”, se percibe una aparente obsesión por descalificar a la actividad mental humana en general como si ésta fuera algo intrínsecamente perjudicial, es decir, como si se tratara de una fuerza obstaculizadora para la consecución de estadios superiores de realización existencial. Pero eso no es lo que se desprende de la sagrada escritura, a la que Tolle hace alusión a veces. Veamos: “Porque ya sabemos que la ley (se sobreentiende: la norma divina para el hombre, o su guía para la humanidad) es espiritual (se sobreentiende: no es material o materialista); mas yo soy carnal (se sobreentiende: sometido a una estructura biológica desequilibrada a causa del error de emancipación de la guía divina y sus consecuencias, heredado de los primeros padres humanos), vendido a sujeción del pecado (se sobreentiende: en esclavitud al desequilibrio original heredado). Porque lo que cometo, no lo entiendo (se sobreentiende: la falta de equilibrio entre lo emocional y lo racional impide al descendiente de Adán y Eva entender o discernir con suficiente antelación algunos eventuales errores que, desgraciadamente, cuando se ponen de manifiesto ya no es posible evitar sus malas consecuencias); y ni el bien que quiero, hago; antes lo que aborrezco, aquello hago (se sobreentiende: la desdicha de estar sometido al desequilibrio emotivo y racional conduce a errores que pueden ser graves). Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena (se sobreentiende: el individuo bienintencionado aprueba llevar a la práctica la ley o norma divina, pero no lo consigue plenamente a causa del desequilibrio heredado). De manera que ya yo no obro aquello, sino el pecado que mora en mí (se sobreentiende: la causa del error aquí es involuntaria y se debe al desequilibrio heredado, y no a una decisión deliberada contra la norma divina). Y yo sé que en mí (es a saber, en mi carne) no mora el bien, porque tengo el querer, mas efectuar el bien no lo alcanzo. Porque no hago el bien que quiero, pero el mal que no quiero, éste hago. Y si hago lo que no quiero, ya no obro yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley (se sobreentiende: una regularidad de desequilibrio biológico humano, de alcance psicofísico y heredable, introducido por el error edénico): Que el mal me es propio. Porque con el hombre interior, me deleito con la ley de Dios; mas veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi MENTE, y me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros (se sobreentiende: la mente se rebela contra el error, pero el resto de la estructura corporal no). Miserable hombre de mí. ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte? La gracia (se sobreentiende: la bondad gratuita o desinteresada) de Dios, por Jesús (se sobreentiende: mediante el sacrificio expiatorio de Jesucristo), el Cristo o el Ungido (se sobreentiende: el profetizado Mesías), Señor nuestro. Así que, yo mismo con la MENTE sirvo a la ley de Dios, pero con la carne a la ley del pecado” (Epístola del apóstol Pablo a los cristianos romanos, capítulo 7, versículos 14-25; Biblia de Reina-Valera).
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