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[EL DIOS EMOTIVO, comentario 165]
La sagrada escritura dice, con respecto al amor: “Porque de tal manera amó Dios al mundo (de la humanidad caída, se sobreentiende), que ha dado (en sacrificio de muerte, se sobreentiende) a su Hijo Unigénito, para que todo aquél que en él cree, no se pierda (en la muerte perpetua, se sobreentiende), mas tenga vida eterna” (Evangelio de Juan, capítulo 3, versículo 16: Bibllia de Reina-Valera). Esta clase de amor es la antítesis del egoísmo, puesto que está dispuesto al sacrificio supremo, si fuera necesario, para rescatar de la muerte definitiva a individuos humanos que comenten errores graves y que se arrepienten sinceramente de ellos. Si todas las personas de una colectividad se esforzaran por tener esa clase de amor, imitando en lo posible al Todopoderoso, no habría recelos ni sospechas entre ellas y el equilibrio y la paz reinarían por doquier. Así, pues, la clave está en tratar de imitar al máximo el amor de Dios. Evidentemente, tal cosa no es posible en nuestro mundo actual, ya que ningún gobernante se aproxima en lo más mínimo a ese modelo de altruísmo; además, incluso en el ficticio caso de que se aproximara, todavía necesitaría poder, mucho poder, para mantener su gestión incólume frente a posibles adversarios malvados.
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