[EL DIOS EMOTIVO, comentario 146]
Del pasaje se desprende que la tierra de promisión no se le podía adjudicar a Abrahán y a su casa en aquellos momentos porque todavía no se había “colmado la maldad de los amorreos”, es decir, porque los pobladores naturales de dicha tierra aún no merecían ser desposeídos de ella. Bien es verdad que ya se percibían algunos indicios de maldad en esos amorreos, pero no en cantidad suficiente como para que Dios interviniera. Es decir, se estaba produciendo una tentativa de error y no un definitivo desenlace erróneo. Las voluntades individuales que componían la colectividad amorrea bullían aún inciertas, sin que todavía se hubiera generado una “inclinación dominante” hacia la maldad: aún no se había establecido un liderazgo absolutamente malsano sobre aquel pueblo.