[EL DIOS EMOTIVO, comentario 144]
Aparentemente, existe un paralelismo de acontecimientos entre la forma en que se gobierna un grupo humano, mediante la elección de un líder, y la forma en que se autogobierna un individuo, mediante la elección de un Yo dominante. En ambos casos, el proceso mediante el cual emerge el adalid conlleva toda una serie de eventos enrevesados e intrigas, más o menos ostensibles al observador, que culminan en el acaudillamiento de uno de los elementos sobre los otros. Al final, la entidad entera, sea grupo o individuo, se ve envuelta en las decisiones y consecuencias que la gestión realizada por el cabecilla ha generado, para bien o para mal. Y en el intermedio, antes que se vea claramente el resultado definitivo de la pugna por alcanzar el liderazgo, es poco o nada lo que se puede elucidar acerca del resultado de la conducta moral del grupo o del individuo en cuestión. Tal vez por eso Dios espera a que se resuelvan las incertidumbres antes de premiar o castigar, y retribuye toda vez que se han consumado las primeras actuaciones, es decir, cuando se han producido los primeros frutos morales (buenos o malos) de la conducta (individual o colectiva). El pasaje bíblico antes citado dice que Dios da a cada uno “según su camino (ya andado, se supone), según el fruto (o consecuencias) de sus obras”.