[EL DIOS EMOTIVO, comentario 76]
La visión sobrecogedora de la realidad que nos permite alcanzar la sagrada escritura, así como la complicada y abrumadora concepción que la ciencia actual nos presenta acerca del mundo real (en donde el “paradigma de la complejidad” no puede menos que imponerse necesariamente), debería inducirnos a sospechar que estamos perdidos en el universo, tal como un náufrago en un océano infinito. Debería movernos a admitir que la realidad es demasiado extensa y peligrosa para nosotros, quienes, además, tendemos a rivalizar unos contra otros en vez de unir abnegadamente nuestros esfuerzos. Al parecer, sólo unos pocos preclaros de entre los seres humanos perciben (y han percibido) estas cosas; y de éstos, algunos han dirigido su mirada hacia los cielos estrellados y hacia la sagrada escritura, con la esperanza de encontrar alguna respuesta acertada para alimentar su mente huérfana de Dios. Al final, quizá no sólo han encontrado un camino de esclarecimiento sino también una constatación de las siguientes palabras atribuidas al señor Jesucristo: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; tocad, y se os abrirá. Porque cualquiera que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que toca, se le abre. ¿Qué hombre hay de vosotros, a quien su hijo pidiere pan, le dará una piedra? ¿Y si le pidiere un pez, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos, dará buenas cosas a los que le piden?” (Evangelio según Mateo, capítulo 7, versículos 7 a 11; Biblia de Reina-Valera).