[EL DIOS EMOTIVO, comentario 67]
Sin embargo, existe el peligro de caer en el escepticismo radical si el recelo hacia la subjetividad con la que se construye el conocimiento humano se lleva a extremos, lo que provocaría un entumecimiento militante de la maquinaria fundamental (es decir, de la única herramienta disponible) con la que el hombre piensa y decide. La razón de ello estriba en que nuestra mente funciona con paradigmas, más o menos acertados, pero necesarios para la vitalidad del intelecto; algo parecido al software de un ordenador, sin el cual el sistema computacional queda paralizado. Así, pues, sean de mejor o peor calidad, los paradigmas permiten que nuestra mente funcione de algún modo, y todo lo más que podemos hacer es sustituir progresivamente unos paradigmas por otros, llamándose “sabia” a toda aquella persona que está predispuesta a efectuar la sustitución dócilmente y que a la vez opta por incorporar en su mente los paradigmas más competentes que logra atisbar (no siempre los más cómodos) para poder interpretar la realidad de una manera más coherente.