[EL DIOS EMOTIVO, comentario 65]
Desde los comienzos de la historia humana, el hombre se ha formulado preguntas acerca de sí mismo, con respecto a su estructura corporal, a sus capacidades intelectuales, etc. Pero la comprensible torpeza inicial para poder discernir la extremadamente compleja y exquisita obra de ingeniería biológica que da cuenta de la arquitectura y el funcionamiento de los sistemas perceptivo y nervioso central antrópicos, condujo al hombre a expresar respuestas prematuras y simplistas, no atemperadas por una deseable guía divina en cuanto a ello (pues el ser humano promedio había apartado al Creador de su vida, explícita o implícitamente); por eso, las respuestas fueron obtenidas bajo la sombra de la inexperiencia, en forma de especulaciones filosóficas; y de ahí emergieron doctrinas relativas al “mundo de las ideas” de Platón, la metafísica aristotélica, la teoría del alma imperecedera y así por el estilo. Entonces, por muchos siglos, las creencias derivadas de esas especulaciones han guiado la vida de millones de personas, quienes han muerto con la esperanza de ver realizadas unas expectativas trascendentes que jamás se cumplirán.