[EL DIOS EMOTIVO, comentario 61]
Existen asomos documentales de que, en efecto, la lengua patriarcal más antigua y quizás la más cercana al idioma original o adámico, el hebreo arcaico, contenía una cantidad no pequeña de vocablos onomatopéyicos (imitaciones o recreaciones del sonido del ente o fenómeno observado en los fonemas del vocablo que se construye para significarlo), con lo cual se hace notorio que dicho lenguaje debería haber tenido una expansión o desarrollo léxico de tipo descriptivo, es decir, con incorporación de nuevos términos a posteriori respecto a la tarea previa de estudiar y examinar las características de los objetos a denominar. Por ejemplo, el nombre hebreo de la tórtola (tohr o tor) parece imitar el arrullo “torrr-torrr” que emite la citada ave. La obra PERSPICACIA PARA COMPRENDER LAS ESCRITURAS, tomo 2, páginas 579 y 580, publicada en español en 1991 por la Sociedad Watchtower Bible And Tract, señalando al carácter descriptivo del idioma hebreo (en donde las onomatopeyas figuran como un caso particular de ello), comenta: “En algunos casos, la identificación de los pájaros mencionados por nombre (en hebreo) plantea un problema difícil. Los lexicógrafos suelen guiarse por el significado de la raíz del nombre, puesto que suele ser descriptiva; por las indicaciones que aparecen en el contexto, como las costumbres de los pájaros y su hábitat, y por el conocimiento de los pájaros que se sabe que existen en las tierras palestinas. Se cree que en muchos casos los nombres son onomatopéyicos, es decir, que imitan el sonido emitido por el pájaro”.