Fue Esdras, el copista hábil y sacerdote, quien leyó “el libro de la ley de Moisés” a una congregación en la Jerusalén restaurada. La explicación e instrucción competente que dieron Esdras y sus ayudantes en aquella ocasión resultó en “gran regocijo” y abundantes bendiciones para la gente reunida. (Ne*8.)

El corazón del salmista se hallaba “agitado debido a un asunto agradable” relacionado con el rey mesiánico de Dios, y por eso dijo: “Sea mi lengua el estilo de copista hábil”. (Sl 45:1-5.) Su deseo era disponer de una lengua elocuente que estuviera a la altura del tema excelso de su composición inspirada por Dios. El salmista deseaba que su lengua fuera atinada, como un estilo en las manos de un copista hábil.