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[EL DIOS EMOTIVO, comentario 34]
El relato sagrado da a entender que cuando el Sumo Hacedor hubo terminado su obra creativa terrestre, se congratuló de lo que había logrado: “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Génesis, capítulo 1, versículo 31; Biblia Reina-Valera de 1909, edición española). Se supone, pues, que el hombre, creado a la imagen de Dios, debería haber comenzado su andadura en esta Tierra respetando y secundando la labor maravillosa que había culminado haciendo que un tosco planeta del Sistema Solar se convirtiera en un hermoso hogar azul sin paralelo en el cosmos. Varios astronautas que han orbitado alrededor de la Tierra han expresado entusiásticamente su afectividad hacia esta esfera hermosa y frágil que viaja por el espacio describiendo su órbita alrededor del Sol, y se han sentido ofendidos por el hecho de que la humanidad, en general, no aprecie la belleza de la Tierra y no cuide en absoluto de su propio planeta. Por ejemplo, cuando el astronauta Edgar Mitchell vio por primera vez la Tierra desde el espacio, dijo por radio a Houston: “Parece una joya resplandeciente de color azul y blanco... Adornada con níveos velos que giran lentamente a su alrededor... Es como una pequeña perla en un mar misterioso, denso y negro”. El astronauta Frank Borman comentó: “Compartimos un hermoso planeta... Lo que resulta incomprensible es por qué no somos capaces de apreciar lo que tenemos”. Otro, un astronauta del Apolo VIII, en su vuelo alrededor de la Luna, declaró: “En todo el universo, adondequiera que mirásemos, el único indicio de color estaba en la Tierra. Podíamos apreciar el brillante azul de los mares, los canelas y marrones de la tierra y los matices blancos de las nubes... Era lo más hermoso que se veía en todo el cielo... Pero, allí abajo, la gente no se da cuenta de lo que tiene”.
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