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Continuación…
Ahora; apreciemos en imaginar la gran ayuda que nos puede brindar Dios y nuestro señor Jesucristo, cuando podemos establecer una relación directa, de espíritu a Espíritu. Tan directas, como lo hacemos con nuestras relaciones normales ante los seres que nos aman en el mundo y el provecho que de ella obtenemos. Así también; podemos obtener grandes beneficios al tener esta relación tan positiva con Dios y nuestro señor Jesucristo, y nosotros inevitablemente recibiremos los beneficios, el PAN, la alimentación espiritual, de Nuestro Padre Celestial, nuestro Señor Jesucristo, hermanos y el Espíritu Santo.
Dios nos habla, comunica, a través de las sutilezas de la vida, en una canción que nos suena hermosa, en un buen sentimiento de amor sublime que nos llega, una buena idea, en medio de las a veces duras, tristes, rutinarias y materialistas sucesos diarios de la vida.
Es una alimentación que llega de vez en vez, periódicamente. No llega de manera que nos inunde. (Al menos en nuestra condición) Es suave, interrumpida, pero constante.
No ocupamos santos intermediarios para ello, en ello está completamente equivocada toda institución religiosa que utiliza intermediarios para llegar hacia Dios.
Debemos de tener una relación directa del espíritu a Espíritu, como lo tenemos con el mundo natural.
Juan 4, 23 “Mas la hora viene, y ahora es, cuando LOS VERDADEROS ADORADORES ADORARÁN AL PADRE EN ESPÍRITU y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren.”
Ni tampoco debemos de creer, que existen rituales en los cuales de esa única manera nosotros podemos obtener el alimento de Jesucristo, a través de hostias o panes o vinos mundanos.
¡Qué transubstanciación, ni que ocho cuartos, ni pericos loros! ¿Acaso Pedro tuvo que comulgar, o comerse antes una tira de pan ritualizado, para poder entender que Jesucristo era el Mesías? ¡No! Ese alimento que le fortaleció su entendimiento, vino directamente del Padre Celestial, como lo hizo notar nuestro señor Jesucristo.
Si sólo comiéramos y de manera exagerada, este pan ritualizado, lo único que obtendríamos al final, sería convertirnos en obesos y hasta diabéticos, con un poco más de azúcar, por tantos carbohidratos. Y hasta alcohólicos, por tanto vino.
Esto es un error garrafal que debemos de superar, y entender. Entender que la alimentación celestial siempre la hemos tenido, y por ello estamos aquí. Que nuestro Padre Celestial nunca nos ha olvidado y que Jesucristo viene a resaltar esta gran importancia… la de tener una relación energética de espíritu a Espíritu, a través de una vida llena de fe y gozo y sufrida en las cosas y sucesos amargos, pero al hacer las cosas de forma positiva, altruista, amando a Dios Padre a nuestro Señor Jesucristo y a nuestros hermanos. A todos nosotros. Y sufrida o piadosa, pues en nuestro estado tan bajo, nuestros errores, atraen naturalmente muchas situaciones difíciles y de sufrimiento.
Pues aún las enfermedades, nos permiten purificar nuestro cuerpo de asentamientos de energías del bajo astral, satánicas o entidades. Es notable para el sensible, la claridad de pensamiento, la liviandad espiritual, que se siente después de pasar unos días en enfermedad. Y la muerte, hace el mismo cometido, pero de una manera más profunda. De tal manera que nos purifica extremadamente y nos prepara para tener una nueva oportunidad de perfeccionarnos en la pureza de los renacimientos, acercarnos más a la luz divina y de llegar a través de estos ciclos, a ser como los ángeles del cielo.
Pero en el mundo, debemos ayudarnos a comprender principalmente, cuál es el camino correcto que nuestro Maestro Jesucristo nos ha enseñado, de buscar ser perfectos y de tener iniciativa constante, para lograr un mundo mejor, en el cual, sea posible dar alojamiento entre nosotros al Reino de los cielos. Y ser; con estas acciones, clara muestra, de ser en verdad hijos de nuestro Padre Celestial y hermanos verdaderos de Nuestro Señor Jesucristo. Todos comiendo del sagrado alimento celestial, del pan celestial, que es en esencia, la energía amorosa divina. Que podemos recibir y compartir, como verdadera familia del amor. Siendo todos uno en Dios y en Jesucristo. Por los siglos de los siglos santos por venir. Amén.

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