La escritura de la Biblia se remonta al año 1513 a. de la E.C., cuando se hizo que Moisés comenzara el registro. Fue a fines del primer siglo de la E.C. que el apóstol Juan terminó lo que él escribió, poniendo fin así a la escritura de la Biblia... después de aproximadamente dieciséis siglos.
Muchos escritores de la Biblia no se conocieron unos a otros. Hasta vivieron en siglos diferentes y eran muy diferentes en genio y experiencia, así como en antecedentes sociales y educativos. Sin embargo, fueran jóvenes o mayores, sus escritos muestran completa unidad. Por un período de unos 1.600 años, cada uno escribió su parte hasta que finalmente el libro quedó terminado. Después de un examen cuidadoso uno descubre que las declaraciones bíblicas manifiestan una notable armonía. Así, la Biblia refleja la mente de un solo Autor, aunque se utilizó a muchos escritores.
Según la Biblia, por lo general se permitía que el escritor escogiera sus propias palabras al expresar la información que recibía por inspiración divina. (Habacuc 2:2.) Por eso hay muchos estilos de escritura en la Biblia. Pero Dios siempre guió lo que se puso por escrito.
“En los siglos XVII y XVIII era bastante común que las Biblias tuvieran errores de imprenta —comenta la revista Bible Review—, pero eso no significa que tales errores se tomaran a la ligera.” Por ejemplo, durante el reinado de Carlos I de Inglaterra se publicó una Biblia que llegó a conocerse por el nombre de Biblia del Necio. En el Salmo 14, los impresores cambiaron por equivocación una palabra, de modo que el primer versículo decía algo así como: “Dijo el necio en su corazón: Hay Dios”. Por dicha errata hubo que pagar una multa de 3.000 libras. La compañía Barker and Lucas quebró en 1631 tras aplicársele una multa de 300 libras por omitir una palabra en su versión de la Biblia, la llamada Biblia Adúltera, pues esta decía: “Cometerás adulterio”. Algo similar sucedió con la Biblia de Pecar Más, de 1716. Debido a una transposición de letras en el pasaje donde Jesús sana a un hombre y le dice que no peque más, esa Biblia le presenta diciéndole que debe pecar más. Luego está la Biblia del Vinagre, publicada en 1717. El encabezamiento del capítulo 20 de Lucas dice: “La parábola del vinagre”, en lugar de: “La parábola de la viña”.
“En la cantidad de MSS. [manuscritos] antiguos que adveran [o certifican que es auténtico] un escrito, y en la cantidad de años que habían pasado entre el original y los MSS. adverantes, la Biblia disfruta de una decidida ventaja sobre escritos clásicos [como los de Homero, Platón y otros]. [...] En conjunto, los MSS. clásicos son solo un puñado en comparación con los bíblicos. Ningún libro antiguo está tan bien adverado como la Biblia.” (The Bible From the Beginning [La Biblia desde el principio], Nueva York, 1929, P. Marion Simms, págs. 74, 76.)
Un informe publicado en 1971 muestra que posiblemente haya 6.000 copias manuscritas de las Escrituras Hebreas en su totalidad o en parte; las más antiguas son del siglo III a. de la E.C. De las Escrituras Griegas Cristianas, hay unas 5.000 en griego, y la más antigua se remonta al principio del siglo II E.C. También hay muchas copias de traducciones antiguas a otros idiomas.
En la introducción de su obra The Chester Beatty Biblical Papyri (Los papiros bíblicos de Chester Beatty), que consta de siete tomos, sir Frederic Kenyon escribió: “La primera conclusión, y la más importante, a que se llega al examinarlos [los papiros] es la conclusión satisfaciente de que confirman la validez esencial de los textos existentes. No se muestra ninguna variación notable o fundamental ni en el Antiguo Testamento ni en el Nuevo. No hay omisiones ni añadiduras importantes en los pasajes, ni variación alguna que afecte hechos ni doctrinas vitales. Las variaciones del texto afectan asuntos menores, como el orden de las palabras o la cuestión de precisamente qué palabras se usaron [...] Pero la importancia esencial de ellos es que confirman, mediante pruebas de una fecha más temprana que la de las pruebas hasta ahora disponibles, la integridad de nuestros textos existentes” (Londres, 1933, pág. 15).
Es cierto que algunas traducciones de la Biblia se adhieren más fielmente que otras a lo que dicen los idiomas originales. Ciertas Biblias modernas en paráfrasis se han tomado libertades que a veces alteran el significado original. Algunos traductores han permitido que sus creencias personales influyan en sus traducciones. Pero se pueden identificar esos puntos débiles cuando se comparan varias traducciones.

Dado que la Biblia se ha escrito en esos términos sencillos, fáciles de entender, es posible traducir con claridad y exactitud sus símbolos y acciones a la mayoría de los idiomas actuales. El poder y la fuerza originales de la verdad se conservan en todas las traducciones. Palabras sencillas de uso diario (como “caballo”, “guerra”, “corona”, “trono”, “esposo”, “esposa” e “hijos”) comunican claramente la idea exacta en todo idioma. Esto está en contraste con los escritos filosóficos humanos, que a menudo no se prestan a una traducción exacta. Con frecuencia sus expresiones complicadas y su terminología altisonante no se pueden expresar de manera precisa en otra lengua.
El poder de expresión de la Biblia es muy superior. Aun cuando Dios comunicó mensajes de juicio a no creyentes, no empleó lenguaje filosófico, sino más bien símbolos de uso diario. Esto se muestra en Daniel 4:10-12. Ahí el reino del rey pagano que se glorificaba a sí mismo fue descrito con algún detalle mediante el símbolo de un árbol, y luego, por acciones relacionadas con ese árbol se predijeron con exactitud acontecimientos futuros. Todo esto se comunica claramente en traducciones a otros idiomas. En despliegue de amor, Jehová se ha comunicado así para que el ‘verdadero conocimiento se haga abundante’. ¡Qué ayuda maravillosa ha sido esto para entender la profecía en este “tiempo del fin”! (Dan. 12:4.)