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Tema: El fantasma de Facebook

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  1. #11
    Fecha de Ingreso
    16-julio-2014
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    563

    Predeterminado

    CAPÍTULO 7 EPÍLOGO

    Una vez en el espacio cibernético de Facebook, tuve que aprender cómo moverme ahí dentro, cómo poder preguntar si alguien sabía algo de Ludovica, cómo integrarme a esa sociedad mayoritariamente adolescente que tanto disfrutaba ese lugar. No era mi tema: no había llegado ahí para pasarla bien, sino para resolver mi existencia, mi penitencia de vivir en una eternidad difícil, indeseable, para hallar a mi amada perdida en no sé dónde, porque –debo reconocerlo- sigo sin entender la vida y la muerte, sus estancias, sus situaciones.

    Después de unos días, y gracias al consejo de un virus amigable, encontré cómo registrarme.

    Lo hice bajo el nombre de Rodrigo del Molinar.

    Fue entonces que –bajo el disfraz virtual de ser un humano- me atreví a preguntar públicamente si alguien sabía algo de una mujer llamada Ludovica de Sayavedra.

    Agradezco que decenas de usuarios de Facebook se esforzasen en buscar a la tal Ludovica de Sayavedra. Sin su ayuda jamás habría ocurrido este milagro –llamémoslo milagro-, aunque, por lo que he vivido, no puedo creer en ellos.

    Pasaron un par de meses sin novedades, hasta que una tarde de verano, apareció en Facebook un tal Pedro Jiménez, oriundo de Ciudad Real, que me indicó que tal vez él podría contactarme con Ludovica de Sayavedra, pero que antes necesitaba comunicarse conmigo en chat privado.

    Yo estaba emocionadísimo, y no podía rechazar aquella propuesta con enorme probabilidad de que fuese una burla, una broma de mal gusto.

    La primera pregunta que me hizo Pedro Jiménez fue impresionante:

    “Rodrigo: ¿eres un fantasma o te estás burlando de la gente de Facebook?”

    Mi respuesta fue también resonante:

    “Sí, Pedro: aunque te resulte difícil de creer, soy un fantasma medieval infiltrado de alguna manera en Facebook, buscando desesperadamente a la mujer de mi vida, que perdí hace casi setecientos años en la Peste Negra, de la que supongo que has escuchado alguna vez.”

    Mi respuesta había sido definitiva, como lo fue la siguiente de Pedro Jiménez:

    “Ludovica de Sayavedra también es un fantasma. Habita en mi casa. Me he comunicado con ella varias veces, y hemos hablado mucho de ti. En este momento, ella debe estar atrás de mí, leyendo nuestro chat, emocionada, porque es una fantasma muy afectiva, que –debo decirlo- ha vivido setecientos años con la esperanza de encontrarte.”

    “De acuerdo –escribió Pedro Jiménez-: Ludovica está esperándote exactamente en mi casa, en Ciudad Real. La dirección es Calle de Altagracia 26, altos. Espero que puedas llegar pronto, porque ella debe estar muy alterada por todo esto.”

    En menos de un día, ahí estaba yo, con mil ilusiones y esperanzas.

    Nunca conocí en persona a este maravilloso humano que permitió el reencuentro con mi amada, pero aquí mismo le manifiesto mi mayor agradecimiento.

    Finalmente, gracias al apoyo de muchas personas en Facebook, y en particular al de Pedro Jiménez, encontré a Ludovica.


    LOS SETECIENTOS AÑOS DE LUDOVICA

    Ludovica supo de mi muerte unos días después de acaecida, pero en esos momentos estaba prohibido entrar en Puertollano. También supo que toda mi familia había sido incinerada, pero no en dónde estaban enterradas mis cenizas. Nunca pudo resignarse a mi muerte ni supo que yo estaba en un mundo especial: el de las ánimas o espectros.

    Pero un día amaneció fantasma, igual que yo. No murió quemada, sino golpeada por una enorme viga que se desprendió del techo de su morada durante el incendio.

    Tardó mucho en comprender su nueva esencia. Vagó por las calles vacías y llenas de cenizas del desolado Puertollano que había quedado tras la Guerra Civil entre Pedro I el Cruel y Enrique II de Trastamara. Finalmente, un día comprendió que no estaba viva…ni muerta.

    Vivió las mismas experiencias por las que yo había pasado unos años antes al iniciarme como fantasma: tuvo que acostumbrarse a vivir sin cuerpo; a no poder emitir sonidos; a soportar agresiones territoriales de otros fantasmas; a la soledad; a la indeseable amenaza de la eternidad; a ser testigo de lo que pasaba en el mundo de los vivos sin poder interferir en él.

    Moró en Puertollano mucho tiempo, sin pensar en buscarme, pues nunca imaginó que yo era también un espectro.

    Un día, aburrida de esa vida después de cuatrocientos años, llegó a Ciudad Real, sin más objetivo que cambiar de paisaje.

    Tengo que decir que mi vida fantasmal fue mucho más amena que la de ella, porque yo tenía una esperanza: la de encontrarla. Ludovica, si bien siempre me recordó, nunca imaginó que mi suerte hubiese sido la misma que la suya: no me buscó entre los fantasmas porque consideró que no tenía caso buscarme entre los fantasmas.

    En Ciudad Real vivió más de lo mismo: casi trescientos años de soledad fantasmal, de vacío, de insulsa incorporalidad, de vida transitoria sin el menor sentido.

    Finalmente, en el años 2005 del Señor, fue expulsada de la Atalaya de Ciudad Real por un grupo insolente de fantasmas territoriales, y buscó refugio en una casa habitada por humanos, la familia de Pedro Jiménez, un joven ciudadrealeño muy positivo, con quien tuvo un extraño acercamiento entre un humano vivo y un fantasma.


    EL EXTRAÑO ENCUENTRO ENTRE PEDRO JIMÉNEZ Y EL FANTASMA DE LUDOVICA SAYAVEDRA

    Los fantasmas no somos visibles, excepto en determinadas condiciones ópticas y climáticas. Cuando la atmósfera está húmeda, la electricidad encuentra un camino para extenderse, y activa de alguna manera nuestra naturaleza plasmática.

    Pero eso no basta.

    También se requiere cierto tipo de luz, y precisamente con ella –con la luz ultravioleta- experimentaba Pedro Jiménez en su alcoba, mientras afuera caía un enorme aguacero otoñal. Se dieron las condiciones, y Ludovica quedó expuesta a la vista del joven estudiante de ciencias.

    Se vieron de repente frente a frente, y, a decir la verdad, ninguno se horrorizó: ambos, si bien sorprendidos, mantuvieron la calma…y el interés por conocerse.

    El poco probable encuentro cercano y amable entre un humano y una fantasma duró pocos minutos, pues dejaron de caer los relámpagos y la electricidad ambiental se redujo, pero hubo el suficiente tiempo para que ambos compartieran su nombre y un pedazo de su historia personal.

    Pedro Jiménez supo que había hablado con una fantasma medieval llamada Ludovica de Sayavedra. Ella supo que Pedro Jiménez era un gran tipo.

    Convivieron en la misma casa varios años, sabiendo que estaban cerca el uno del otro. Ambos decidieron no molestarse, convivir en el mismo espacio pacíficamente, agradablemente.

    NUESTRO REENCUENTRO

    Hace varios días que estoy con Ludovica. Obviamente no puedo hablar de amor carnal como el que tuvimos aquella maravillosa tarde en Puertollano, pero de alguna manera nuestros plasmas se han unido muchas veces en este inenarrable reencuentro, y la sensación no es para nada diferente de aquella.

    Ambos sabemos que ya resolvimos nuestras frustraciones, y que pronto –muy pronto- pasaremos a otro tipo de vida, el cual desconocemos.

    Pero ambos tenemos algo importante que comunicar a quien nos lea: valió la pena el sufrimiento de los casi setecientos años que vivimos separados, extraviados el uno sin el otro.

    A donde sea que nos lleve la vida, los dos reconocemos que ésta –en ambas etapas- fue maravillosa.

    Ahora ambos sentimos una especie de desvanecimiento. Con una comunión de nuestros plasmas, nos sentimos de verdad reconfortados.

    ¡Que venga lo que sigue! ¡Estoy de nuevo con mi adorada Ludovica!
    Última edición por Legendario AG; 13-ago.-2014 a las 07:24
    Una pequeña dosis de mí...así, pequeñita, para no intoxicarme con mis estupideces.

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