CAPÍTULO 5 LAS AVENTURAS DE RODRIGO EN LA INTERNET

LUIS ANTONIO


Hace relativamente poco tiempo, unos siete u ocho años, cuando me resigné a no encontrar a Ludovica en Puertollano, me mudé definitivamente a Madrid, si es que el término definitivamente pudiese tener un significado para un fantasma cuya vida puede llegar a ser mucho más que milenaria.

En ese entonces (año 2005 del Señor), España estaba en auge, y no había muchas casas deshabitadas.

Me vi obligado a convivir con humanos, lo que –ya lo mencioné antes- me desagrada mucho.

Se trataba de una familia de clase media sin más motivo para definirla o hablar de ella.

Tenían, sin embargo, un hijo adolescente que se pasaba el día sentado frente a un extraño instrumento que hoy sé que se llama ordenador.

Los padres vivían sermoneando al jovenzuelo, diciéndole que era obsesivo, neurótico, patético; que su necesidad de comunicarse con otros adolescentes por medio de la Internet era de enfermos, de lunáticos.

Un día escuché a Luis Antonio –así se llamaba ese incomprendido adolescente- defenderse diciendo que la Internet le permitía relacionarse con sus amigos perdidos de la escuela primaria y secundaria. Le permitía restablecer relaciones perdidas, recuperar afectos que no encontraba en casa.

Cuando escuché lo de amigos perdidos en el pasado, algo me dijo que por ahí había una oportunidad de encontrar a mi amada Ludovica.

El adolescente Luis Antonio se convirtió en mi gran oportunidad de resolver mi futuro, así que me dediqué a observar cómo manejaba el ordenador, a dónde iba, en dónde se metía. Tardé mucho en entender sus movimientos, pero, disponiendo yo de mucho tiempo, aprendí bastante de esa materia.

Finalmente elaboré un plan: de alguna manera yo debería registrarme en un lugar muy frecuentado llamado Facebook, en donde, por lo visto, Luis Antonio hacía sus búsquedas de gente y conversaba chateando con sus amistades.

Todo se veía fácil cuando este joven obsesionado con la Internet movía sus manos sobre el teclado del ordenador, pero pronto me di cuenta de que la inmaterialidad de los fantasmas no nos permite tener esa habilidad: ni el teclado, ni el mouse, ni ninguna otro recurso de los que él usaba me serían útiles.

En aquella casa había un gato tonto que me percibía de alguna manera, pero que me veía como parte de la normalidad doméstica. Intenté controlarlo mentalmente para ver si podía yo meterme en su cerebro y así usar sus garras, pero el animal era demasiado huraño y se ponía muy tenso con mis intentos de penetrar en su limitado seso. Perdí varios días con esto, hasta que me desesperé. Parecía que la Internet, a pesar de su enorme potencial para localizar gente, no era para nosotros los fantasmas.


POR FIN, LA INTERNET

Una tarde en que yo me sentía completamente frustrado, observé como Luis Antonio chateaba con alguno de sus amigos, tratando yo de descifrar una manera de conectarme a ese maravilloso mundo detrás del monitor.

A medio chat, Luis Antonio decidió bajar al frigorífico para prepararse algo para matar el hambre. Dejó la conversación con su amigo abierta, y me acerqué al ordenador para enterarme de qué hablaban.

De repente, de manera circunstancial, noté que en ese estado de chateo abierto, el monitor se fluidizaba para mi plasma. Primero metí en él una mano, y la mantuve unos segundos dentro para ver qué sucedía. No pasó nada que me preocupase, así que decidí meter la cabeza…y luego todo mi cuerpo.

Fue una maravillosa sensación de logro: yo estaba totalmente metido en la Internet.

Luis Antonio volvió al ordenador y restableció el chateo con su amigo, pero ahora yo veía a los dos…desde el interior de la Internet. Aquello era maravilloso, muy esperanzador.


LOS FANTASMAS EN LA INTERNET

Los humanos cargan con un cuerpo material, pesado, bajo la premisa física de que “dos objetos no pueden ocupar el mismo espacio al mismo tiempo”. Por eso, para entrar al ciberespacio, necesitan teclado, nicks y contraseñas.

Para los fantasmas el tema es más sencillo, porque nuestra esencia no es material: no somos sólidos ni líquidos ni gaseosos.

Yo no fui el primer fantasma que entró al ciberespacio. Hubo varios antes que yo –ahora lo sé-, pero entraron por otras razones: escondiéndose de algún obsesivo cazafantasmas; por curiosidad; buscando un hábitat ante la terrible explosión demográfica; etc.

La razón por la que yo quise entrar a la Internet fue la de encontrar a Ludovica. Ése era mi único objetivo. Mi obsesión era de casi setecientos años, una frustración amorosa colosal.

Había un riesgo al que yo temía: la agresiva territorialidad de algunos fantasmas que habían llegado antes que yo a este lugar.

Yo no sabía mucho de modernidades. No tenía la menor idea del infinito espacio cibernético que había detrás de los monitores.

La Internet es un lugar inmenso, supongo que infinito, en donde hay lugar para todo. Me moví en una dirección, y luego en otra, y en otra, y nunca descubrí un límite.

En mis exploraciones encontré lugares en donde había muchos tipos de juegos: para niños, para adultos, y algunos de ellos servían lo mismo para los fantasmas. Me divertí mucho, y confieso que por unos días dejé de pensar en Ludovica. Finalmente me aburrí, y decidí seguir explorando en busca de aquel lugar de reencuentro conocido como Facebook.

Más tarde encontré un sitio en donde se podían ver películas y videos. Me dediqué a ver temas de fantasmas, y recordé lo alejados que están los humanos de nuestra realidad, casi tanto como los monjes promostratenses de la Retuerta, con quienes estudié hace siete siglos.

Después descubrí varios lugares en donde se podía escuchar música, y me dediqué a bailar rítmicamente un par de semanas. Olvidé decir antes que los fantasmas disfrutamos mucho del baile.

Vi lugares llenos de mujeres desnudas, y de parejas haciendo el amor de manera perversa, banal, muy lejos de mi forma de amar, desde luego.

Encontré aburridas bases de datos en donde había información para cualquier necesidad humana.

Leí periódicos virtuales para enterarme de lo que ocurría allá afuera, en lo que había sido mi mundo durante casi setecientos años.

Vi pasar millones de euros y de dólares de una cuenta bancaria a otra, pero no eran billetes o monedas, sino algo denominado bytes que permitían el movimiento de dinero en la Internet.

Vi miles de fotografías y de imágenes de pretendidos fantasmas, la mayoría de ellas falsas o trucadas.

Me involucre en un chateo de enamorados tramposos que se enviaban fotografías que no les correspondían, y a ambos les hice ver que se engañaban el uno al otro, al extremo que mi travesura generó el rompimiento de aquel incipiente romance, que, de cualquier manera, no iba a llegar muy lejos.

Conocí un anexo muy agradable que venía montado sobre un e-mail. Era simpático e interesante. Me mostró su contenido y me invitó a viajar con él por el ciberespacio. Fuimos de Madrid a Hong Kong, y luego a Bali y a Argentina: todos los humanos que nos recibían en sus monitores disfrutaban mucho por haberlo recibido.

Todo iba bien en nuestras aventuras por todo el planeta virtual, hasta que una especie de agente de policía nos detuvo para revisarnos: nos dijo que era un antivirus y nos escaneó de arriba abajo. Yo le parecí sospechoso, pero no pernicioso, así que en poco tiempo fuimos liberados y completamos el recorrido de aquella jornada que finalizó en un ordenador en Vladivostok.

De este puerto siberiano fuimos reenviados a Berna, pero, por algún mal entendido, caímos en lo que mi amigo el anexo llamaba un buzón de spam, en donde, según él, corríamos el enorme riesgo de ser borrados para siempre. No fue así, afortunadamente, pero desde entonces me pregunto si ésa podría ser una forma de acabar con la vida eterna de un desafortunado fantasma.

Cuando me aburrí de ser un anexo montado en un e-mail, me despedí de mi agradable amigo, esperando topármelo en alguna otra ocasión, pero mi objetivo no era divertirme, sino encontrar a Ludovica, para lo cual yo debía llegar a ese fantástico lugar conocido como Facebook.

Retomé mi camino, y pocos días después conocí a un virus, uno de esos malhechores virtuales tan desprestigiados. Se llamaba Troyano a sí mismo, y me dijo que él no era perverso como otros que por ahí circulaban.

Estaba muy estresado por la presencia de los antivirus. Pasé con él un par de días, viendo cómo destruía la información contenida en el disco duro de un ordenador. Fue una experiencia interesante, pero yo nunca disfruté de hacer travesuras dañinas, así que pronto regresé a mi bien definido rumbo.

Una mala tarde, un hacker estuvo a punto de descubrirme. Escuché cómo llamó a un compañero para decirle que acababa de rastrear algo extraño en el interior de su monitor, algo que no era precisamente un virus.

Inmediatamente aplicó un firewall que estuvo a punto de destruirme, pero finalmente, tras de un par de horas de angustia, logré burlarlo y me alejé de aquel peligroso ser humano.

Seguí buscando aquí y allá, y descubrí el maravilloso mundo de los foros, en donde, cada quien en su gusto y especialidad, se comunica con colegas de todo el mundo. Había foros de todo tipo: de medicina, de política, de religión, de literatura, de guerras, de automóviles, etc.

Mi gran sorpresa fue cuando supe que había foros de…fantasmas.