CAPÍTULO 4 SETECIENTOS AÑOS

LO QUE APRENDÍ EN SETECIENTOS AÑOS


Los fantasmas habitamos casas preferentemente abandonadas, porque –como lo he mencionado- somos de naturaleza territorial y queremos estar solos.

Esto es fácil cuando acaba de pasar una peste o una guerra asesina en la que sobran casas y palacetes, pero en las épocas de buena economía, la población humana crece y muchos hemos tenido que convivir con los vivos sin así desearlo.

Y algo importante inherente a los fantasmas cuando escasean las casas vacías, es que nuestra territorialidad nos torna muy agresivos. No hay algo así como comunidades de espectros: no compartimos el territorio con otros de nuestra índole. Eso lo tengo muy claro desde el principio, a pesar de que conocí fantasmas indiferentes y fantasmas amigables. Como con los humanos, no se puede generalizar.

No hay mucho que contar de estos primeros setecientos años que francamente deseo que ya terminen. Fue una época de búsqueda de morada y de investigar el paradero de mi Ludovica, llena de fracasos, de agresiones, de frustraciones, pero lo peor estaba por llegar: los cazafantasmas.
Este género de fanáticos humanos surgió a principios del siglo XX, cuando ciertos avances tecnológicos nos hicieron más vulnerables.

Normalmente los fantasmas no somos visibles, excepto cuando se nos enfoca con lámparas de luz ultravioleta. Con la ayuda de lentes especiales, quedamos totalmente expuestos.

Igualmente, los sonidos que emitimos son inaudibles para los humanos, pero cuando se inventaron los amplificadores, nos volvimos muy ruidosos.
Esto motivó a mucha gente a hacerse famosa delatándonos. Como quiera que sea, el que quedemos al descubierto ante los humanos no es cuestión de vida o muerte, sino de irrupciones a nuestra apreciada intimidad, de lo que yo llamaría una falta de respeto a nuestra naturaleza, a nuestra tragedia de no poder morir dignamente.

Efectivamente, mis peores recuerdos de estos casi setecientos años de vida fantasmal, fueron los últimos cien, pero no quiero escribir sobre eso.


MI ESTANCIA EN MADRID

Cuando se huye de los cazafantasmas, lo peor es estar en pueblos o ciudades pequeñas, porque los fantasmas nos volvemos más conspicuos. Un buen día tomé la decisión de vivir en Madrid para alejarme de esa monserga.

Mi objetivo era –como siempre lo fue- encontrar a Ludovica, esperando que su situación fuese fantasmal, como la mía: era para mí la única posibilidad de abandonar la vida errante de los espectros entre la vida y la muerte.

Viví unos días bajo el puente del Batán en el río Manzanares, esperando pasar desapercibido para los humanos, y contactarme con los escasos fantasmas amigables que existen, para –como siempre- preguntar por Ludovica.

No obtuve respuesta alguna en ese sentido durante muchos años, pero a cambio me contaron maravillosas historias de los fantasmas madrileños, como la bella dama del balcón en la Casa de las Siete Chimeneas, o el hombre sin cabeza de la Iglesia de San Ginés, o los fantasmas de la calle de Cañete.

Ninguno de estos existía ya, seguramente por haber todos ellos resuelto su frustración existencial.


RUMORES DE LUDOVICA EN CIUDAD REAL

Una mañana de primavera, Joselito, un fantasma andaluz refugiado de los cazafantasmas en Madrid, me contó que había muchas ánimas de mi época en Ciudad Real, y que seguramente alguna de ellas podría ser Ludovica, o, por lo menos, saber algo de ella.

Me subí a un vagón de ferrocarril que iba a Ciudad Real en la Puerta de Atocha, y en pocas horas estaba en mi destino.

Acostumbrado como estaba a dormir bajo los puentes, decidí pasar la noche bajo uno de ellos en el río Jabalón. Ahí conocí a Eloísa, una fantasma que debió ser muy bella y feliz en vida, por las cosas que me contaba.

Ella, oriunda de Ciudad Real, conocía las historias de todos los fantasmas locales, presentes y desaparecidos, como los del hospital en desuso; como los que habitan en las banquetas y que aparentemente surgen de la nada; o los del manicomio de la Atalaya.

Y una noche, mientras la bella Eloísa me contaba esas interesantes historias, me hizo saber de una extraña dama fantasma que acababa de aparecer –según ella había escuchado- en una fuente de agua agria medicinal cerca de Puertollano. La sola posibilidad de que esa mujer fantasma fuese Ludovica me hizo viajar inmediatamente hacia mi pueblo de origen, un error grave que pudo haberme complicado la existencia.

EL FANTASMA DE PUERTOLLANO

El abandonado lugar en donde Eloísa me decía que había una mujer fantasma, se llamaba Las Tiñosas, en Hinojosas de Calatrava, cerca de Puertollano. Era un sitio casi siempre desierto, con algún esporádico grupo de turistas que de repente aparecía.

Paseé por los alrededores del lugar algunos días sin encontrar nada fuera de lo normal.

Decidí entonces acercarme a la fuente, y, en un momento de distracción, fui fotografiado accidentalmente por un visitante inesperado.

El problema fue que esa foto en donde yo aparecía, fue llevada inmediatamente a You Tube y a círculos de cazafantasmas, quienes se presentaron en el lugar con toda clase de instrumentos para localizarme.

Tuve que escapar sin haber completado mi búsqueda de Ludovica.

Tiempo después supe –para bien o para mal- que la mujer fantasma que ahí habitaba no era mi amada, sin una francesa que había sido dueña del lugar durante el siglo XIX.

http://www.metacafe.com/watch/761255...e_puertollano/

Después de ese doloroso fracaso, regresé a Madrid.