CAPÍTULO 3 SER FANTASMA

LA CONCIENCIA DE SER FANTASMA

Como mencioné antes, la fiebre me hizo perder la conciencia cuando me enfrentaba a la impotencia y a la frustración. Un instante antes de perderla, la imagen de la cara de Ludovica llegó a mi mente. Es mi último recuerdo de eso que Ustedes que me leen llaman vida.

Poco tiempo después volví a despertar, aunque usar estas palabras no es para nada exacto: digamos mejor que nací a otra forma de vida diferente, pero todavía creyendo que seguía entre los vivos, hasta que…

…vi mi cuerpo yaciendo inmóvil, y a mis padres y hermanos rezando a mi alrededor, a cierta distancia, pues se creía que el diablo no saltaba muy lejos.
A pesar de que estaban a varias brazas de mí, todos acabaron contagiándose, y fui lamentablemente testigo de su muerte, como también lo fui del incendio de nuestra casa un par de días después. La familia del Molinar ya no existía, por lo menos en el mundo de los llamados vivos.

En el momento en que me reconocí muerto sobre la cama, me pregunté qué estaba pasando. Los monjes promostratenses me habían hablado de un cielo y un infierno, ambos bastante bien caracterizados, pero mi alrededor era el mismo que siempre había conocido. No quise ser duro con el recuerdo de aquellos mentores, así que simplemente concluí que estaban del todo equivocados en sus creencias.

Fue entonces que me pregunté qué era yo, cuál era mi situación.

En mis lugares de origen nadie sabía de fantasmas. Ni siquiera se conocía esa palabra, que vine a aprender muchos años después, ya entrado el siglo XIX.

Se decía que había ánimas que escapaban circunstancialmente del purgatorio, pero ése no era mi caso. Mi entorno no era agresivo, ni pensé en momento alguno que mi vida me hubiese orillado hacia ese desagradable lugar que aparece en los libros sagrados, a decir de los monjes. No: yo no era un ánima escapada del purgatorio.

Observé en un espejo que mi imagen no se veía. Tenía plena conciencia de estar vivo, pero era totalmente invisible. Luego supe que esa invisibilidad podía no darse en determinadas condiciones climáticas y lumínicas, pero tarde mucho en demostrármelo.

También me di cuenta de que yo era muy ligero. El peso de mi cuerpo ya no se sentía. Quise volar aprovechando la ausencia de peso, pero apenas me levanté media brazada: los fantasmas no volamos.

Igualmente percibí que no podía interferir con el mundo de los objetos sólidos o líquidos. Mi cuerpo los traspasaba –lo cual era bueno y malo-, pero no podía hacer uso de objeto alguno. Después supe que las paredes y los muebles, por la misma razón, no limitaban mis movimientos.

Unos días después hice conciencia de mi soledad: no había nadie de mi naturaleza en las cercanías. De hecho, tardé varios meses en saber que yo no era el único espectro en Puertollano.

Como fuese, el estado fantasmal era emotivo. Sentía tristeza por haber perdido a Ludovica. Creí llorar al ver morir a mis padres y hermanos, pero no salieron lágrimas de mis inexistentes ojos.

En ningún momento, sin embargo, sentí miedo por mí. Descubrí que aún tenía emociones semejantes a las humanas, pero diluidas, tenues, diferentes en su esencia.

Gracias a no sentir el aburrimiento, pude pasar muchos años en una especie de vida latente, lenta, casi sin ningún tipo de actividad.

Igualmente percibía los días y las noches, así como el paso del tiempo, pero éste ya no significaba lo mismo: mi conciencia de inmortalidad (eso pensaba entonces) lo depreciaba.

¿HAY ALGUIEN AQUÍ?

Cuando llegué por primera vez a Ciudad Real, busqué alguna casa deshabitada donde morar.

Debo aclarar que en mis casi setecientos años como fantasma, recorrí varias veces toda la región en busca de alguna pista que me llevase a Ludovica, obviamente sin resultados. En Ciudad Real estuve cuatro veces en diferentes épocas.

Encontré un palacete abandonado y casi en ruinas, pero algunas partes de él eran habitables…para un fantasma. Confiado, me instalé.

Después de tres o cuatro días de tranquilidad absoluta, escuché un ruido cuyo origen distaba de ser humano. Lo volví a escuchar varias veces en el transcurso de una noche, hasta que me di cuenta de que era un ruido de un ser semejante a mí, y no era precisamente amigable: supe que estaba invadiendo el territorio de otro fantasma. El mensaje era claro.

Yo tenía dos opciones: largarme de ahí inmediatamente, o tratar de establecer una relación lo más amigable posible, con dos objetivos en mente. El primero era ser aceptado como coinquilino de aquel sitio; el segundo era preguntar al espectro que ahí moraba por la suerte de Ludovica.

Lo que logré fue una enorme agresión por encima de mis peores expectativas. Los fantasmas viejos saben alterar de manera muy desagradable el plasma de los novatos, y ése fue el caso.

Sintiéndome fatal, me di cuenta de que nada tenía que hacer ahí. Ni siquiera me atreví a preguntar por Ludovica.

Me quedó claro que los fantasmas somos territoriales y agresivos. Un par de siglos después de aquel lamentable episodio en Ciudad Real, yo fui el agresor, y defendí mi territorio de manera lamentable. No quisiera nunca tener que referirme a este hecho que de verdad me avergüenza.