CAPÍTULO 2 LA TRANSICIÓN DEL ALMA


YO, EL FANTASMA

Hay muchísimas historias y opiniones acerca de fantasmas, pero nadie ha sido capaz de determinar objetivamente por qué algunas personas fallecidas nos convertimos en espectros fantasmales y otras simplemente mueren.

Una de las teorías más coherentes dice que cuando alguien fallece dejando en vida algo de verdad importante sin resolver, no hay la menor posibilidad de descanso para el alma del difunto…hasta que quede resuelto. Ahora mi experiencia lo verifica.

Cuando empecé a sentir subir la temperatura de mi cuerpo, no tuve la menor duda de que mi final era cosa de horas. En ese existencialmente complicado momento, para mí lo menos importante era mi muerte. Sentí una enorme necesidad de dar un último beso a Ludovica. Sin embargo –como antes lo mencioné-, mi creciente debilidad me lo impidió. Morí impotente, frustrado.

Dejé al morir algo de verdad importante sin resolver. Mi alma, por lo tanto, se convirtió en un fantasma, algo de verdad complicado.

También hoy sé que se es fantasma hasta que la frustración original se resuelve, así que, desde el momento en que observé la cremación de mi propio cadáver, me he dedicado a buscar a Ludovica, donde quiera que se encuentre, en una fosa, o convertida -como yo- en un espectro.


LA MUERTE DE LUDOVICA


Puertollano, unos años después de la terrible Peste Negra, empezó a repoblarse lentamente con gente de fuera, si bien en ella siguieron viviendo los escasos sobrevivientes locales.

La economía agrícola y ganadera resurgió pronto, pues los caballeros de la Orden de Calatrava requerían de la bonanza de la zona para apoyar sus encomiendas en la cercana Andalucía.

Todo iba bien para la familia Sayavedra, hasta que, en el año de 1353 del Señor, estalló la Guerra Civil entre Pedro I el Cruel y Enrique II de Trastamara.

Puertollano era una relevante fuente regional de alimentos, y alguien importante de alguno de los dos bandos dio instrucciones de incendiar todos los pajares y graneros.

En uno de esos lamentables incendios intencionales que se extendió hasta la aldea, falleció mi Ludovica. Su cadáver fue enterrado en el cementerio de la iglesia local, por lo que pude investigar con el paso del tiempo.


SETECIENTOS AÑOS SIN LUDOVICA


Los fantasmas indagamos lo que ocurre a la gente que amamos en vida. Es algo inevitable. Digamos que está en nuestra naturaleza.

Así, moré unos veinte años más en los alrededores de Puertollano, lleno todavía de casas vacías, consecuencia de la Peste Negra y de la Guerra Civil. Pero jamás tuve la menor indicación de lo que había acontecido con el alma de Ludovica, a pesar de todos mis esfuerzos.

Desesperado por lo anterior, un día renuncié a buscarla, y me mudé a Ciudad Real resignado a ser fantasma toda la eternidad. Nunca imaginé que pasarían casi setecientos años antes de poder encontrarla.