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Había localizado el objeto de mi búsqueda, ahora solo quedaba restituirla a su propietario y de paso ser considerado poco menos que un héroe por los lugareños.
- Neko, ya sé quien tiene la escobilla perdida, ¿me ayudas a recuperarla para devolverla a Rahid?. La tiene el vendedor de los pinchos.
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- Se refiere a Arto, es un hombre muy rudo, pero si le pide con educación y respeto la escobilla, él se la devolverá con todo gusto a siri.
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- No me entiende, ¿qué puedo decirle?.
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- Eso es fácil siri. Pero yo soy un mercader, y los mercaderes hacen negocio.
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- ¿Qué quieres?
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- Algo que pudiera aliviar mi aburrimiento siri.
Vaya con el mercader, pero yo sabía justamente lo que quería, solo tenía que encontrarlo y comprarlo. No creo que fuera muy difícil.
Unas calles más allá y al rato estaba de vuelta con Neko. De mi bolsillo saqué una pelota saltarina y se la enseñé.
- Oh siri, tiene usted una esfera rubicunda de placer celestial. Esa minúscula bola redonda promete horas de diversión para Neko.
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- De acuerdo, te daré la bola y tú me dirás como recupero la escobilla.
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- Es fácil siri, solo unas palabras que le harán placentero el día y rebozará felicidad al escucharla, dígale: “Hilab Kalkab”. Será como miel para su delicado oído.
Y eso es justo lo que hice, pero lejos de sentirse halagado cogió un cuchillo y amenazador trató de ensartarme con él. Suerte que estaba gordo y yo corría bastante más.
De vuelta con Neko la cosa tomó sentido.
- Aquí tiene la escobilla siri.
- ¿Me has utilizado como reclamo, Neko?.
- Si siri, pero piense que mientras Arto lo perseguía no estaba utilizando la escobilla. Por eso ahora puedo entregársela.
Misión cumplida. Derechito que me encaminé hacia el bar.
- Aquí tiene su escobilla.- dije mientras la cara le resplandecía. El que parecía ser la “voz de su amo” contestó.
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- Alabado sea siri, hemos sido bendecidos con el don de su presencia y es usted el benefactor enviado para satisfacer nuestra súplica. Rahid le ofrece las llaves del aseo con todo placer y agradecimiento.
Y así fue como gané mi merecido miccionado en aquel cochambroso aseo del bar “Alamut” de aquel país norafricano con vistas al mar por un lado y al desierto por el otro.
FIN
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