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Las huelgas molestan a muchísimas personas que no tienen nada que ver (¿fuego amigo?) y causan enormes perjuicios, pero una minoría sale beneficiada. Es por eso que se hacen. Si no trajera lucro para alguien, no existirían.
El problema es que por más irritantes y peligrosas que sean las paralizaciones, no hay medio legítimo de impedirlas en una democracia. Si una persona decide que no va a trabajar un día, no hay como obligarlo, a no ser cambiando la Constitución y llevándola a la época de la esclavitud.
Es más. Si él decide combinar con sus colegas para que hagan lo mismo, no hay forma legal de impedirlo.
La práctica nos demuestra que esto es válido para todos los trabajadores, sean policías, militares, del transporte colectivo, bomberos, aunque son considerados esenciales. En Estados Unidos intentaron prohibir a esos sectores estratégicos entrar en huelga, lo que resultó en la creación de una nueva modalidad de no trabajar llamada "sickout" , donde los funcionarios llaman por teléfono a la empresa, y avisan que faltarán por sentirse enfermos.
Pienso que lo más civilizado, es darle a los trabajadores, todos los derechos de entrar en huelga, cuando y como quieran. En contrapartida, se le daría al patrón la opción de descontar los días no trabajados, así como de contratar personal sustituto para la emergencia.
Si se consiguiera que las huelgas resultaran carísimas para ambas partes, otro sería el cantar. Los problemas laborales tornarían la huelga, como una bomba atómica: El último de los recursos.
La vida de todos los ciudadanos sería con seguridad sin tantos inconvenientes, y sin suprimir libertades.
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Responder Citando

, pero es como ocurre en los medios de comunicación de esta sociedad: Si cambiáramos el papel del hombre por el de la mujer en tantos anuncios o series de televisión, las feminazis y los políticamente correctos se rasgarían las vestiduras y ardería Troya. Imaginad cualquier anuncio donde se ridiculiza al hombre (hay muchos). Poned ahí a una mujer. Resultado: Arde Troya.
