Vivió la tierra para comer de ti,
en ti, dentro de la carne,
probando la lealtad de tu entrañable
viaje hasta la alcoba de los profetas.

Murió marchito, y fue en ese instante,
tras la luz de sueños imantados
donde supo que amaba hasta las farolas
que apagaba con sus llantos.

Legó hasta la sangre de las lunas
y así fue que se enamoró de los cristales
que jamás reflejaron sus emociones
al ver su contoneo en la delgada noche.

Poco a poco abrazó las piedras y el limbo
entre muescas de gusanos oportunos,
así era que la hierba olía a luciérnaga
y tú no habías visto cómo crecen los olivos.