Apenas aclaró, bajé las escaleras con mi valija y mi caja de pinturas.
Encontré a uno de los mucamos que había comenzado a abrir las puertas y
ventanas para hacer la limpieza: le encargué que saludara de mi parte al
señor y que le dijera que me había visto obligado a salir urgentemente para
Buenos Aires. El mucamo me miró con ojos de asombro, sobre todo cuando le
dije, respondiendo a su advertencia, que me iría a pie hasta la estación.
Tuve que esperar varías horas en la pequeña estación. Por momentos pensé
que aparecería María; esperaba esa posibilidad con la amarga satisfacción
que se siente cuando, de chico, uno se ha encerrado en alguna parte porque
cree que han cometido una injusticia y espera la llegada de una persona
mayor que venga a buscarlo y a reconocer la equivocación.
Pero Marta no vino. Cuando llegó el tren y miré hacia el camino por última
vez, con la esperanza de que apareciera a último momento, y no la vi llegar,
sentí una infinita tristeza.
Miraba por la ventanilla, mientras el tren corría hacia Buenos Aires. Pasamos
cerca de un rancho; una mujer, debajo del alero, miró el tren. Se me ocurrió
un pensamiento estúpido: "A esta mujer la veo por primera y última vez. No
la volveré a ver en mi vida." Mi pensamiento flotaba como un corcho en un
río desconocido. Siguió por un momento flotando cerca de esa mujer bajo el
alero. ¿Qué me importaba esa mujer? Pero no podía dejar de pensar que
había existido un instante para mí y que nunca más volvería a existir; desde
mi punto de vista era como si ya se hubiera muerto: un pequeño retraso del
tren, un llamado desde el interior del rancho, y esa mujer no habría existido
nunca en mi vida.
Todo me parecía fugaz, transitorio, inútil, impreciso. Mi cabeza no funcionaba
bien y María se me aparecía una y otra vez como algo incierto
y melancólico. Sólo horas más tarde mis pensamientos empezarían a alcanzar
la precisión y la violencia de otras veces.
Ernesto Sábato
El Túnel (1948)




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