Pues en el día de hoy, os hablaré un poquito de mi propio pueblo, que no es pueblo, sino Villa. Y es que hubo un tiempo en que Mondragon era un centro de veraneo, nada que ver con el presente y, en particular este propio mes de Agosto en el que nos encontramos.

Mondragón pasó en un siglo de ser un reputado lugar de veraneo para las elites internacionales a convertirse en un desierto durante el mes de agosto. Dejando a un lado incuestionables logros sociales como la democratización de las vacaciones de verano y la prosperidad fruto de su desarrollo económico, un luctuoso hecho histórico marcaría el declive de Mondragón como polo turístico: el magnicidio de Antonio Cánovas del Castillo, de cuya muerte a manos del anarquista Angiolillo se cumplieron 115 años el pasado miércoles 8. El asesinato en el balneario de Santa Águeda del entonces presidente del gobierno español precipitaría la decadencia del encopetado veraneo aristocrático 'belle epoque' de baños y paseos bajo la sombrilla. De hecho, el afamado balneario de Santa Águeda, inaugurado en 1825 por Ramón Mendía y en el cual se alojó en agosto de 1845 la reina Isabel II, cerró sus puertas a raíz del magnicidio. Y al año siguiente el establecimiento era adquirido por el religioso italiano de la orden de San Juan de Dios Benito Menni, quien lo transformó en el hospital psiquiátrico que aún continúa siendo.



Del glorioso pasado turístico de Mondragón da cumplida noticia la historiadora y miembro de Arrasate Zientzia Elkartea Arantza Otaduy cuando rescata viejas crónicas de la época. En ellas se refleja el «ambiente alegre y populoso que se sentía en el pueblo. El día de Santiago, el 25 de julio, solía celebrarse una corrida de toros en la plaza que se encontraba en el solar que ocupó Villa Amparo». Así plasmaba un redactor de El Imparcial, un 2 de agosto, «una lidia en que el Tarro, el Riojano, el Melanero y el Tolosano lucieron portentosamente sus habilidades taurinas... Tan fuera de tino estuvieron las banderillas y el estoque y tan de lejos se arrancaron los lidiadores que la fiesta estuvo a punto de aburrir al género humano... La verdad es que los bichos eran de cuidado, tanto que uno de ellos alcanzó a Melaero y le hizo una herida de tres centímetros de profundidad en la pierna derecha».
Sin embargo, puntualiza Otaduy, el «regusto amargo que pudo dejar la corrida fue resuelta en un abrir y cerrar de ojos por el conde de Monterrón, quien en su palacio de Mondragón, invitó a dulces y refrescos a aquellos amigos que se alojaban en Santa Águeda y se acercaron hasta el palacio». Quienes se acercaban a Santa Águeda «tenían oportunidad de disfrutar en el balneario con numerosos actos y, además de corridas de toros, había zortzikos, espectáculos de magia, conciertos de música clásica y exhibiciones de flamenco» añade la historiadora. «Llama la atención que a ese último acto sólo pudieran acudir hombres solos en petit comité... con manzanilla de San Lúcar».
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El palacio de Monterron fue donado por el propio conde al Ayuntamiento, junto con el parque anexo al palacio que cuenta con una extensa variedad de arboles exóticos, entre los cuales destacan varias secoyas, de hecho una de estas secoyas es actualmente el árbol mas alto de toda la provincia de Gipuzkoa.