“Padecía menos con la irrealidad, pues ya no luchaba contra ella; vivía en una
atmósfera de vacío, de indiferencia, de artificialidad. Un muro infranqueable
me separaba de las personas y de las cosas; veía a muy poca gente y no me
sentía contenta sino sola, y para esto me refugiaba en el sótano; allí, sentada
sobre una pila de carbón, permanecía tranquila, inmóvil, con la mirada fija en
una mancha o un rayo de luz.
Pero, a veces, de este muro de indiferencia surgía de pronto la angustia de la
irrealidad; era como si mi percepción del mundo me hiciese sentir agudamente
el absurdo de las cosas: en silencio y en la inmensidad cada objeto se
separaba, cortado con cuchillo, aislado en el vacío, en la infinitud; y como
consecuencia de esta separación, de esta soledad en que se encontraba, se
ponía a existir. Allí estaba, frente a mí, aterrándome. Era entonces cuando
decía: “La silla se burla de mí, me molesta”; esto no era exacto, pero no tenía
otras palabras para expresar el miedo y el agudo sentimiento de que la silla
existía sin tener ningún otro significado.
Otras veces las crisis de irrealidad sobrevenían en la calle: todo parecía
entonces inanimado, muerto, mineral, absurdo; y en este silencio, un grito
infantil despertaba mi angustia: me sentía expulsada del mundo, separada de
la vida, espectadora de un film caótico que se desarrollaba sin cesar delante
de mis ojos y del cual no lograba ser partícipe nunca; espantosos momentos
en los que sentía un malestar y una sensación de indefensa tales, que no
tenía más remedio que sufrirlos sin esperanzas.”
“Diario de una Esquizofrénica”
Marguerite Sechehaye
op. cit. pp. 163-164




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