Focalizar el núcleo de un tema es tarea difícil. Comenzar un análisis desde el carozo es una actividad sumamente compleja para algunas personas. Su extrema desidia intelectual los hace rozar superficialmente los temas y están condenados a no adentrarse en las cosas. Se presentan al público como solemnes y pronuncian palabras insubstanciales, como si la Humanidad entera quisiese oírlas aunque sean un acumulo de trivialidades sin profundidad. Lugares comunes pronunciados como máximas filosóficas.

Y los lectores deben soportar tamaña insolencia, tal colosal impertinencia, porque la libertad da derechos aun a quien no los merece y, en absoluto, no saben valorizar. Pero a veces no es una culpa visto que la naturaleza nos entrega un nivel sin cuestionar si es de nuestro agrado.

El engaño dramático del “sentido común” hace que se use sin altibajos. Decìa Descartes que el sentido común es el mejor repartido por la naturaleza, porque cada uno cree tener suficiente.

De todos modos, en la grandilocuencia o en la llanura, la solidez de un concepto no se puede inventar; existe o no. Si el contenido es trivial, el discurso no puede regalar profundidad.

Son muchos los que usan la vulgaridad y el desprecio encubriéndolos con retòrica de cuatro pesos. Desvirtùan todo lo sublime, lo virtuoso, con observaciones acerca de gases intestinales o tinturas mal logradas. Es una demostración de quien no logra valer por sì mismo y procura bajar lo excelente porque le provoca sombra.

Reflexionemos.