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Tema: Ernesto Sabato, a un año de su muerte.

  1. #1
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    Predeterminado Ernesto Sabato, a un año de su muerte.

    Querido y remoto muchacho:

    Me pedís consejos, pero no te los puedo dar en una simple carta, ni siquiera con las ideas de mis ensayos, que no corresponden tanto a lo que verdaderamente soy sino a lo que querría ser, si no estuviera encarnado en esa carroña podrida o a punto de podrirse que es mi cuerpo. No te puedo ayudar con esas solas ideas, bamboleantes en el tumulto de mis ficciones como esas boyas ancladas en la costa sacudidas por la furia de la tempestad. Más bien podría ayudarte (y quizá lo he hecho) con esa mezcla de ideas con fantasmas vociferantes o silenciosos que salieron de mi interior en las novelas, que se odian o se aman, se apoyan o se destruyen, apoyándome y destruyéndome a mí mismo.

    No rehúyo darte la mano que desde tan lejos me pedís. Pero lo que puedo decirte en una carta vale muy poco, a veces menos de lo que podría animarte con una mirada, con un café que tomáramos juntos, con alguna caminata en este laberinto de Buenos Aires.

    Te desanimás porque no sé quién te dijo no sé qué. Pero ese amigo o conocido (qué palabra más falaz!) está demasiado cerca para juzgarte, se siente inclinado a pensar que porque comés como él es tu igual; o, ya que te niega, de alguna manera es superior a vos. Es una tentación comprensible: si uno come con un hombre que escaló el Himalaya, observando con suficiencia la forma en que toma el cuchillo, uno incurre en la tentación de considerarse su igual o superior, olvidando (tratando de olvidar) que lo que está en juego para ese juicio es el Himalaya, no la comida.Tendrás infinidad de veces que perdonar ese género de insolencia.

    La verdadera justicia sólo la recibirás de seres excepcionales, dotados de modestia y sensibilidad, de lucidez y generosa comprensión. Cuando aquel resentido de Sainte-Beuve afirmó que jamás ese payaso de Stendhal podría hacer una obra maestra, Balzac dijo lo contrario; pero es natural: Balzac había escrito la COMEDIA HUMANA y ese caballero una novelita cuyo nombre no recuerdo.
    De Brahms se rieron gentes semejantes a Sante-Beuve. Mientras que Schumann, el maravilloso Schumann, el desdichadísimo Schumann, afirmó que había surgido un músico del siglo. Es que para admirar se necesita grandeza, aunque parezca paradójico. Y por eso tan pocas veces el creador es reconocido por sus contemporáneos: lo hace casi siempre la posteridad, o al menos esa especie de posteridad contemporánea que es el extranjero, la gente que está lejos, la que no ve cómo te vestís. Si eso le pasó a Stendhal y Cervantes, cómo podés desanimarte por lo que diga un simple conocido que vive al lado de tu casa? Cuando apareció el primer tomo de Proust (después que Gide tirara los manuscritos al canasto), un cierto Henry Ghéon escribió que ese autor se había «encarnizado en hacer lo que es propiamente lo contrario de una obra de arte, el inventario de sus sensaciones, el censo de sus conocimientos, en un cuadro sucesivo, jamás de conjunto, nunca entero, de la movilidad de los paisajes y las almas». Es decir, ese presuntuoso critica casi lo que es la esencia del genio proustiano. En qué Banco de la Justicia Universal se pagará a Brahms el dolor que sintió, que inevitablemente hubo de sentir aquella noche en que él mismo tocaba el piano en su primer concierto de piano y orquesta? Cuando lo silbaron y le ¿arrojaron basura? No ya Brahms, detrás de una sola canción de Discépolo, cuánto dolor hay, cuánta tristeza acumulada, cuánta desolación.

    Pero –tan extraña es la condición humana– no sólo los insignificantes y fracasados padecen esos sentimientos bajos. No dictaminó Lope que el QUIJOTE era el peor libro que había leído en su vida? No silenciaba Goethe a poetas que eran tan notables como él, mientras elogiaba a otros de tercera categoría, con lo cual ponía por debajo de ellos a espíritus que en el fondo envidiaba? Pero volvamos a tus dudas. Me basta con leer uno de tus cuentos para saber que un día llegarás a ser importante. Pero estás dispuesto a sufrir esos horrores? Me decís que estás perdido, vacilante, que no sabés qué hacer, que yo tengo la obligación de decirte una palabra.

    ¡Una palabra! Tendría que callarme, lo que podrías interpretar como una atroz indiferencia, o tendría que hablarte durante días, o vivir con vos durante años, y a veces hablar y a veces callar o caminar juntos por ahí sin decirnos nada, como cuando se muere alguien que queremos mucho y cuando comprendemos que las palabras son irrisorias o torpemente ineficaces. Sólo el arte de los otros artistas te salva en esos momentos, te consuela, te ayuda. Sólo te es útil (qué espanto!) el padecimiento de los seres grandes que te han precedido en ese calvario.

    Es entonces cuando además del talento o del genio necesitarás de otros atributos espirituales: el coraje para decir tu verdad, la tenacidad para seguir adelante, una curiosa mezcla de fe en lo que tenés que decir y de reiterado descreimiento en tus fuerzas, una combinación de modestia ante los gigantes y de arrogancia ante los imbéciles, una necesidad de afecto y una valentía para estar solo, para rehuir la tentación pero también el peligro de los grupitos, de las galerías de espejos.

    En esos instantes te ayudará el recuerdo de los que escribieron solos: en un barco, como Melville; en una selva, como Hemingway; en un pueblito, como Faulkner. Si estás dispuesto a sufrir, a desgarrarte, a soportar la mezquindad y la malevolencia, la incomprensión y la estupidez, el resentimiento y la infinita soledad, entonces sí, querido B., estás preparado para dar tu testimonio. Pero, para colmo, nadie te podrá garantizar lo porvenir, porvenir que en cualquier caso es triste: si fracasás, porque el fracaso es siempre penoso y, en el artista, trágico; si triunfás, porque el triunfo es una especie de vulgaridad, una suma de malentendidos, un manoseo; convirtiéndote en esa asquerosidad que se llama un hombre público, y con derecho (con derecho?) un chico, como vos mismo eras al comienzo, te podrá escupir. Y también deberás aguantar esa injusticia, agachar el lomo y seguir produciendo tu obra, como quien levanta una estatua en un chiquero.

    Leé a Pavese: «Haberte vaciado por entero de vos mismo, porque no sólo has descargado lo que sabés de vos sino también lo que sospechás y suponés, así como tus estremecimientos, tus fantasmas, tu vida inconsciente. Y haberlo hecho con sostenida fatiga y tensión, con cautela y temblor, con descubrimientos y fracasos. Haberlo hecho de modo que toda la vida se concentrara en este punto, y advertir que es como si no lo acoge y da calor un signo humano, una palabra, una presencia. Y morir de frío, hablar en el desierto, estar solo día y noche como un muerto.»

    Pero sí, oirás de pronto esa palabra –como ahora, donde esté Pavese oye la nuestra–, sentirás la anhelada presencia, el esperado signo de un ser que desde otra isla oye tus gritos, alguien que entenderá tus gestos, que será capaz de descifrar tu clave. Y entonces tendrás fuerzas para seguir adelante, por un momento no sentirás el gruñido de los cerdos. Aunque sea por un fugitivo instante, sentirás la eternidad.

    No sé cuándo, en qué momento de desilusión Brahms hizo sonar esas melancólicas trompas que oímos en el primer movimiento de su primera sinfonía. Quizá no tuvo fe en las respuestas, porque tardó trece años (trece años!) para volver sobre esa obra. Habría perdido la esperanza, habría sido escupido por alguien, habría oído risas a sus espaldas, habría querido advertir equívocas miradas. Pero aquel llamado de las trompas atravesó los tiempos y de pronto, vos o yo, abatidos por la pesadumbre, las oímos y comprendemos que, por deber hacia aquel desdichado tenemos que responder con algún signo que le indique que lo comprendimos.

    Estoy mal, ahora. Mañana, o dentro de un tiempo seguiré.

    Ernesto Sabato (1911-2011) - "Abaddon el exterminador".
    "La comprensión de que la vida es absurda no puede ser un fin, sino un comienzo".

    Albert Camus

  2. #2
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    Predeterminado Sobre Héroes y Tumbas (los cobardes quedan fuera)

    " Un sábado de mayo de 1953, dos años antes de los acontecimientos de
    Barracas, un muchacho alto y encorvado caminaba por uno de los senderos
    del parque Lezama.

    Se sentó en un banco, abandonado a sus pensamientos. "Como un bote a la
    deriva en un gran lago aparentemente tranquilo pero agitado por corrientes
    profundas"
    , pensó Bruno, cuando, después de la muerte de Alejandra, Martín
    le contó, confusa y fragmentariamente, algunos de los episodios vinculados a
    aquella relación. Y no sólo lo pensaba sino que lo comprendía ¡y de qué
    manera!, ya que aquel Martín de diecisiete años le recordaba a su propio
    antepasado, al remoto Bruno que a veces vislumbraba a través de un territorio
    neblinoso de treinta años; territorio enriquecido y devastado por el amor, la
    desilusión y la muerte. Melancólicamente lo imaginaba en aquel viejo parque,
    con la luz crepuscular demorándose sobre las modestas estatuas, sobre los
    pensativos leones de bronce, sobre los senderos cubiertos de hojas
    blandamente muertas. A esa hora en que comienzan a oírse los pequeños
    murmullos, en que los grandes ruidos se van retirando, como se apagan las
    conversaciones demasiado fuertes en la habitación de un moribundo; y
    entonces, el rumor de la fuente, los pasos de un hombre que se aleja, el
    gorjeo de los pájaros que no terminan de acomodarse en sus nidos, el lejano
    grito de un niño, comienzan a notarse con extraña gravedad. Un misterioso
    acontecimiento se produce en esos momentos: anochece. Y todo es
    diferente: los árboles, los bancos, los jubilados que encienden alguna fogata
    con hojas secas, la sirena de un barco en la Dársena Sur, el distante eco de
    la ciudad. Esa hora en que todo entra en una existencia más profunda y
    enigmática
    . Y también más temible, para los seres solitarios que a esa hora
    permanecen callados y pensativos en los bancos de las plazas y parques de
    Buenos Aires. "


    Ernesto Sábato
    El dragón y la princesa (fragmento)

    “El alma humana es una caja de donde siempre puede saltar un payaso haciéndonos mofas y sacándonos la lengua, pero hay ocasiones en que ese mismo payaso se limita a mirarnos por encima del borde de la caja, y si ve que, por accidente, estamos procediendo según lo que es justo y honesto, asiente aprobadoramente con la cabeza y desaparece pensando que todavía no somos un caso perdido.”
    - José Saramago, El Doble

  3. #3
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    Gracias por la aportación Mandrágora.

    "Sobre héroes y tumbas" es una novela cargada de dolor, donde nos declara, en sus personajes, toda esa oscuridad donde navegaba su alma. Él mismo confiesa su espanto ante el actuar y pensar de sus personajes, esos seres nacidos de él mismo.

    Una pequeña biografía de Ernesto Sabato. He de decir que podemos encontrar una mejor biografía es su libro "Antes del fín", donde nos habla sobre momentos trascendentes en su vida, sus pensamientos y sus fantasmas vestidos de dolores, que lo acompañaron a lo largo de su vida.

    "La comprensión de que la vida es absurda no puede ser un fin, sino un comienzo".

    Albert Camus

  4. #4
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    Predeterminado

    Muy bueno Parzival, recordar a un maestro. Querido por muchos, "desquerido" por tantos, aún allá.
    Querendones y no tanto, olvidan que a veces hay personas, sobre todo algunos grandes como Sábato, que tienen el valor de exponer sus cambios, sus contradicciones sin el imbécil pudor que suelen tener sobre esas cosas muchos querendones y no tanto.
    Hay un punto sobre el que no varió: la enorme dificultad de saberse uno hacia dentro, y la enorme necesidad de reconocerse.
    Tuve, hace años, la oportunidad de asistir a una conversación suya, en el viejo salón del viejo Cine Real, junto al edificio del Banco Nación frente a la plaza San Martín, atestado de jóvenes -mucho más que yo- ansiosos de escuchar a un ya veterano. Estaba -él-, asombrado, de la convocatoria juvenil.
    A ese Unamuno de aquellos lugares, como al de éstos, hay que volver a leerlos cada tanto.
    Gracias. Chau

  5. #5
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    Predeterminado

    ¡Oh, dioses de la noche!
    ¡Oh, dioses de las tinieblas, del incesto y del crimen,
    de la melancolía y del suicidio!
    ¡Oh, dioses de las ratas y de las cavernas,
    de los murciélagos, de las cucarachas!
    ¡Oh, violentos, inescrutables dioses
    del sueño y de la muerte!



    " Ya se alejan en medio del polvo, en la soledad mineral, en aquella desolada
    región planetaria. Y pronto no se distinguirán, polvo entre el polvo. Ya nada
    queda en la quebrada de aquella Legión, de aquellos míseros restos de la
    Legión: el eco de sus caballadas se ha apagado; la tierra que desprendieron
    en su furioso galope ha vuelto a su seno, lenta pero inexorablemente; la
    carne de Lavalle ha sido arrastrada hacia el sur por las aguas de un río (¿para
    convertirse en árbol, en planta, en perfume?). Sólo permanecerá el recuerdo
    brumoso y cada día más impreciso de aquella Legión fantasma. "En las noches
    de luna --cuenta un viejo indio-- yo también los he visto. Se oyen primero las
    nazarenas y el relincho de un caballo. Luego aparece, es un caballo muy
    brioso y lo muenta el general, un blanco como la nieve (así ve el indio al
    caballo del general). Él lleva un gran sable de caballería y un morrión alto, de
    granadero." (¡Pobre indio, si el general era un rotoso paisano, con un
    chambergo de paja sucia y un poncho que ya había olvidado el color
    simbólico! ¡Si aquel desdichado no tenía ni uniforme de grandero ni morrión, ni
    nada! ¡Si era un miserable entre miserables!)
    Pero es como un sueño: un
    momento más y en seguida desaparece en la sombra de la noche, cruzando el
    río hacia los cerros del poniente. "


    Ernesto Sábato
    Sobre héroes y tumbas (fragmento)

    “El alma humana es una caja de donde siempre puede saltar un payaso haciéndonos mofas y sacándonos la lengua, pero hay ocasiones en que ese mismo payaso se limita a mirarnos por encima del borde de la caja, y si ve que, por accidente, estamos procediendo según lo que es justo y honesto, asiente aprobadoramente con la cabeza y desaparece pensando que todavía no somos un caso perdido.”
    - José Saramago, El Doble

  6. #6
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    Predeterminado

    ¿Ves? Es justo el punto que no quería tocar del Maestro. Tengo en relación a Lavalle, la visión exactamente opuesta a la que él tiene. No porque no valore más o menos parecido el abandono que sufre por parte de los antifederales (Bueh.., es una larga historia, tengo un largo escrito precisamente sobre este punto, y no se porque..., le tengo fé). De hecho, es correcta su visión de tal abandono. Lo que no lo es, es que Sábato considera esta situación como el punto de "quiebre" del país que pudo ser y no fue, cuando en realidad el quiebre lo produjo el propio General Lavalle, más de diez años antes, asesinando al Coronel Manuel Dorrego. Vil asesinato, por otra parte, instigado -como está demostrado ya- por los protopróceres del pobre paisito. Lavalle, sí, al menos, tiene la hidalguía (o locura, vaya uno a saber) de hacer fusilar a Dorrego "por su órden", aunque signifique escamotear durante muchos años a los verdaderos responsables.
    Esta errónea interpretación de Sábato, es quizá, la que lo hace tener una visión pesimista sobre el desenvolvimiento del país, y aunque por allí resucitó o pareció querer hacerlo, esa visión persistió.
    También es verdad que, quizá, de eso que interpretaba como derrota de una posibilidad, como quiebre, haya salido la profundidad con que mira la conciencia humana, ese dificil trayecto. A veces se aprende más, o se puede aprender mas, de las derrotas que de las victorias.
    Chau

  7. #7
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    “Persona” quiere decir máscara, y cada uno de nosotros tiene muchas. ¿Hay realmente una verdadera que pueda expresar la compleja ambigua y contradictoria condición humana?
    Me acuerdo de algo que había dicho Bruno: siempre es terrible ver a un hombre que se cree absoluta y seguramente solo, pues hay en él algo trágico, quizá hasta sagrado, y a la vez de horrendo y vergonzoso. Siempre, decía Bruno, llevamos una máscara, que nunca es la misma sino que cambia para cada uno de los lugares que tenemos asignados en la vida: la del profesor, la del amante, la del intelectual, la del héroe, la del hermano cariñoso. Pero ¿qué mascara nos ponemos o qué máscara nos queda cuando estamos en la soledad, cuando creemos que nadie, nadie nos observa, nos controla, nos escucha, nos exige, nos suplica, nos intima, nos ataca? Acaso el carácter sagrado de ese instante se deba a que ese hombre está entonces frente a la Divinidad, o por lo menos ante su propia e implacable conciencia.

    ¡Cuántas lágrimas hay detrás de las máscaras! Cuánto más podría el hombre llegar al encuentro con el otro hombre si nos acercáramos los unos a los otros como necesitados que somos, en lugar de figurarnos fuertes! Si dejáramos de mostrarnos autosuficientes y nos atreviéremos a reconocer la gran necesidad del otro que tenemos para seguir viviendo, como muertos de sed que somos de verdad, ¡cuánto mal podría ser evitado!

    Ernesto Sábato - "La resistencia".
    "La comprensión de que la vida es absurda no puede ser un fin, sino un comienzo".

    Albert Camus

  8. #8
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    Predeterminado

    Apenas aclaró, bajé las escaleras con mi valija y mi caja de pinturas.

    Encontré a uno de los mucamos que había comenzado a abrir las puertas y
    ventanas para hacer la limpieza: le encargué que saludara de mi parte al
    señor y que le dijera que me había visto obligado a salir urgentemente para
    Buenos Aires. El mucamo me miró con ojos de asombro, sobre todo cuando le
    dije, respondiendo a su advertencia, que me iría a pie hasta la estación.

    Tuve que esperar varías horas en la pequeña estación. Por momentos pensé
    que aparecería María; esperaba esa posibilidad con la amarga satisfacción
    que se siente cuando, de chico, uno se ha encerrado en alguna parte porque
    cree que han cometido una injusticia y espera la llegada de una persona
    mayor que venga a buscarlo y a reconocer la equivocación.

    Pero Marta no vino. Cuando llegó el tren y miré hacia el camino por última
    vez, con la esperanza de que apareciera a último momento, y no la vi llegar,
    sentí una infinita tristeza.

    Miraba por la ventanilla, mientras el tren corría hacia Buenos Aires. Pasamos
    cerca de un rancho; una mujer, debajo del alero, miró el tren. Se me ocurrió
    un pensamiento estúpido: "A esta mujer la veo por primera y última vez. No
    la volveré a ver en mi vida." Mi pensamiento flotaba como un corcho en un
    río desconocido. Siguió por un momento flotando cerca de esa mujer bajo el
    alero. ¿Qué me importaba esa mujer? Pero no podía dejar de pensar que
    había existido un instante para mí y que nunca más volvería a existir; desde
    mi punto de vista era como si ya se hubiera muerto: un pequeño retraso del
    tren, un llamado desde el interior del rancho, y esa mujer no habría existido
    nunca en mi vida.

    Todo me parecía fugaz, transitorio, inútil, impreciso. Mi cabeza no funcionaba
    bien y María se me aparecía una y otra vez como algo incierto
    y melancólico. Sólo horas más tarde mis pensamientos empezarían a alcanzar
    la precisión y la violencia de otras veces.


    Ernesto Sábato
    El Túnel (1948)

    “El alma humana es una caja de donde siempre puede saltar un payaso haciéndonos mofas y sacándonos la lengua, pero hay ocasiones en que ese mismo payaso se limita a mirarnos por encima del borde de la caja, y si ve que, por accidente, estamos procediendo según lo que es justo y honesto, asiente aprobadoramente con la cabeza y desaparece pensando que todavía no somos un caso perdido.”
    - José Saramago, El Doble

  9. #9
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    04-febrero-2012
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    Predeterminado

    .

    Tuve la fortuna de conocer a una familiar de Ernesto Sábato que me contó anécdotas del día a día
    de la vida de Sábato, y descubrí así a un gran hombre detrás del gran escritor.

  10. #10
    Fecha de Ingreso
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    Mandrágora, gracias por recordarme "El túnel", ese libro que siento tan mío, tan profundamente mío.

    XXXVI

    Fué una espera interminable. No sé cuánto tiempo pasó en los relojes, de ese tiempo anónimo y universal de los relojes, que es ajeno a nuestros sentimientos, a nuestros destinos, a la formación o al derrumbe de un amor, a la espera de una muerte. Pero de mi propio tiempo fue una cantidad inmensa y complicada, lleno de cosas y vueltas atrás, un río oscuro y tumultuoso a veces, y a veces extrañamente calmo y casi mar inmóvil y perpetuo donde María y yo estábamos frente a frente contemplándonos estéticamente, y otras veces volvía a ser río y nos arrastraba como en un sueño a tiempos de infancia y yo la veía correr desenfrenadamente en su caballo, con los cabellos al viento y los Ojos alucinados, y yo me veía en mi pueblo del sur, en mi pieza de enfermo, con la cara pegada al vidrio de la ventana, mirando la nieve con ojos también alucinados. Y era como si los dos hubiéramos estado viviendo en pasadizos o túneles paralelos, sin saber que íbamos el uno al lado del otro, como almas semejantes en tiempos semejantes, para encontrarnos al fin de esos pasadizos, delante de una escena pintada por mí como clave destinada a ella sola, como un secreto anuncio de que ya estaba yo allí y que los pasadizos se habían por fin unido y que la hora del encuentro había llegado.

    ¡La hora del encuentro había llegado! Pero ¿realmente los pasadizos se habían unido y nuestras almas se habían comunicado? ¡Qué estúpida ilusión mía había sido todo esto! No, los pasadizos seguían paralelos como antes, aunque ahora el muro que los separaba fuera como un muro de vidrio y yo pudiese verla a María como una figura silenciosa e intocable... No, ni siquiera ese muro era siempre así: a veces volvía a ser piedra negra y entonces yo no sabía qué pasaba del otro lado, qué era de ella en esos intervalos anónimos, qué extraños sucesos acontecían; y hasta pensaba que en esos momentos su rostro cambiaba y que una mueca de burla lo deformaba y que quizá había risas cruzadas con otro y que toda la historia de los pasadizos era una ridícula invención o creencia mía y que en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. Y en uno de esos trozos transparentes del muro de piedra yo había visto a esta muchacha y había creído ingenuamente que venía por otro túnel paralelo al mío, cuando en realidad pertenecía al ancho mundo, al mundo sin límites de los que no viven en túneles; y quizá se había acercado por curiosidad a una de mis extrañas ventanas y había entrevisto el espectáculo de mi insalvable soledad, o le había intrigado el lenguaje mudo, la clave de mi cuadro. Y entonces, mientras o avanzaba siempre por mi pasadizo, ella vivía afuera, esa vida curiosa y absurda en que hay bailes y fiestas y alegría y frivolidad. Y a veces sucedía que cuando yo pasaba frente a una de mis ventanas ella estaba esperándome muda y ansiosa (¿por qué esperándome? ¿y por qué muda y ansiosa?); pero a veces sucedía que ella no llegaba a tiempo o se olvidaba de este pobre ser encajonado, y entonces yo, con la cara apretada contra el muro de vidrio, la veía a lo lejos sonreír o bailar despreocupadamente o, lo que era peor, no la veía en absoluto y la imaginaba en lugares inaccesibles o torpes. Y entonces sentía que mi destino era infinitamente más solitario que lo que había imaginado.

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    .

    Tuve la fortuna de conocer a una familiar de Ernesto Sábato que me contó anécdotas del día a día
    de la vida de Sábato, y descubrí así a un gran hombre detrás del gran escritor.
    Sí, así es Welcome, más allá del gran escritor, el gran ser humano, que -como menciona Pablo Ramos-, mostraba sin pudor esas contradicciones que todos tenemos. Me dolió cuando me enteré de su muerte.
    "La comprensión de que la vida es absurda no puede ser un fin, sino un comienzo".

    Albert Camus

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