Jack Daniel´s (en tu honor)(parte 1/3)

Esa noche no pude dormir tratando de idear mil formas de recuperar a mi familia, hazañas temerarias, chantaje y cosas que de solo recordar me provocan una gran aversión hacia mí.
Llegue a tiempo para alcanzarla a la salida de Metro Copìlco, ella no me vio, sus ojos estaban prendados de él, se reciben con una gran beso y abrazo, las pocas esperanzas que me sostenían se me escaparon, quise contenerlas con lágrimas ¡pero las muy putas se negaron a salir!
Me quede de pie con la vista nublosa y ardor en el pecho; viendo cómo se alejaban caminando tomados de la mano hasta que los perdí de vista, él gano…

Comienza el abandono, mi cuerpo se mueve por inercia si respiro es porque perdí la voluntad para dejar de hacerlo. Consigo dar un par de pasos hasta que alguien me impacta y me derriba, solo puedo pensar en una estúpida bala perdida con mi nombre escrito por el destino pero no tengo suerte.

Ella sonreía como estúpida me enseña todos sus dientes, en el fondo podía sentir su tristeza, era justo como la mía, también tenía los ojos rojos y unas ojeras acentuadas profundamente como canales de labranza. Comencé a sentir mojado el trasero, porque aterrice de nalgas en un charco fuera de la estación, estos días no he estado muy consciente del mundo, pero tropezar con alguien y no darse cuenta, es como un llamado de atención o lo siguiente será un claxon sonando un momento antes de impactarme.

Torpe y distraído me levanto, me apeno un poco, le ofrezco la mano para que se levante.
-¿Estas bien?
Me pregunta intentando ser simpática, cosa que no le sale bien.
- Si, solo un poco golpeado, ¿tú estás bien?
-Sí.
Siento la necesidad de hablar con ella no quiero estar solo en este momento, presiento podría entenderme o mejor dicho quisiera que lo hiciera, claro en estos días espero un milagro que me haga recuperar, regresar o mate rápidamente, de arriba, de abajo, del más allá, no importa, solo me mantengo expectante.
Su espejo termino hecho añicos a mis pies, lo tomo entre mis manos con cuidado para no cortarme se lo extiendo.

-Gracias.
Lo toma con tal rapidez que no me permite soltarlo a tiempo, ardor y en un segundo humedad en la palma de mi mano, un hilillo carmesí gotea, balbucea palabras incompletas, miro mi mano, no veo ningún pedazo incrustado, es un corte profundo y sangra copiosamente, por un momento pienso en dejarme morir desangrado; confines oscuros me esperan, solo, desesperado no podría tener un mejor final.
Levanto la mirada, encuentro sus ojos nerviosos, su expresión asombrada “trabada”, no sabe qué hacer, hay personas que no toleran la sangre, aprieto el puño y me arde.
-Perdóname.
Se le nublan los ojos, está a punto de llorar, puedo sentirla, se le quiebra la voz trato de responderle, no puedo, un nudo ocupa mi garganta. La tomo de los ante brazos y le pongo en pie. Mis ojos se nublan, no la distingo, tampoco es que quisiera hacerlo.
Posa su mano sobre mi hombro, no dice nada, su contacto reconforta mi tristeza, la guio a una banca cercana, no atino a decirle nada, ni ella hace el menor esfuerzo por decir algo, nos mantenemos cerca, pierdo la noción del tiempo, una hora, quizá minutos, roza su codo contra el mío, hasta que esos centímetros que nos dividían desaparecen, todo pasa tan lento.
El viento sopla anunciando la inminente salida del sol recordándome la realidad, el momento, ¡el maldito lugar! se estremece con el viento, yo también.
Recarga su cabeza sobre mi hombro.
Un rato después hago lo mismo.
Ahí permanecemos sentados en compañía del desconocido en turno, está sumergida en sus pensamientos, yo salgo de mi trance intermitentemente, analizando mis errores, teniendo “flashes” que intentan responder mis preguntas.
La vibración de mi bolsillo me saca de mi estupor, se aparta de mí lo suficiente para que saque el móvil.

Mi Jefa, preguntando por mi ausencia.
-No iré.
Abruptamente cuelgo y apago el móvil, lo regreso a su lugar en mi bolsillo, bajo la mirada me topo con el gris sucio del suelo, un chicle pegado, basura arrastrada por el viento, mis botas viejas, sus pies guardados por unos tenis rojos. Recarga de nuevo su cabeza sobre mi hombro, la sangre en mi mano se acumula; desde hace un rato es una gruesa costra, a veces me arde como si me incrustaran un clavo.
Nota que reviso mi mano.
-Perdón, lo había olvidado… déjame curarte. (Dice mientras se levanta)

Me levanto como un resorte impulsado por el dolor, cruza su brazo bajo el mío, caminamos muy despacio, tener su cuerpo cerca me caldea los ánimos, extrañamente familiar pero no es ella, demonios ni siquiera se le parece.

Un claxon nos despierta de nuestro trance, reacciono y estamos justo a la mitad de Av. Universidad, los autos pasan disparados junto a nosotros, encuentro sus ojos sobre los míos, tiene una mirada suicida, que entiendo y comparto. Sonrió y deslizo mi mano sobre su cintura, descanso mi mano ensangrentada sobre su cadera, se aferra a mi brazo con más fuerza que antes seguimos caminando. Lo más espantoso del suicidio es tener que morir solo y ella necesita esa compañía tanto como yo.
Suenan llantas rechinando, gritos, autos chocando entre sí, subimos la banqueta y en ese momento un auto a toda velocidad pasa detrás de nosotros, levantando el pequeño charco y bañándonos en esa turbulenta agua estancada con residuos de suciedad. Instintivamente guarece mi mano bajo su playera, no hay malicia en su acto, veo su expresión y me contagia ternura, resulta linda.
En la primera calle damos vuelta, una casa verde con una puerta negra, recordé aquella rola de los “Tigres del Norte”… Y si, su puerta tenía un candado que abrió con maestría, no hizo falta que me soltara.
-Estás en tu casa.
-Gracias.
-Al fondo está el baño, lávate la mano y en un momento te curo.

Asiento y camino por el pasillo, algunas fotos adornan el corredor, una niña aparece en todas las fotos y siempre tiene la misma expresión, vacía y pensativa como si de una anciana se tratase, encuentro el baño en la primera puerta, abro el grifo, meto mi mano bajo el chorro de agua, arde, dejo que el agua circule. Se abre la puerta a mis espaldas.
-Déjame ver.

Toma mi mano con firmeza, me hace pensar que sabe lo que hace, no encuentro objeción alguna que interponer.
-Esta profunda, perdóname (Lo dice tan acongojada).
-No te preocupes, estaré bien.
E intento sonreírle con convicción pero últimamente me faltan motivos para hacerlo, el silencio nos invade.
Pienso en la enorme cicatriz que tendré y la extraña coincidencia de que el corte cruzara por las líneas de la mano.
Aun no pregunto su nombre, no quiero estar solo, no ahora, no encuentro la excusa indicada para sentir su calor, para mi suerte ella sí.

-¿Tienes frio?
-Sí, un poco.
-¿Quieres un café?
-Sí.
La sigo a través del pasillo a pesar de que estuvimos tan cerca hace poco, no había notado el aroma que desprende, como a “hogar”, al siguiente paso se me nubla la vista, recuerdo que ya no tengo “hogar” me golpeo con una caja a la altura de la rodilla intento detener su caída, resulta contra producente inevitablemente cae y brotan fotos, camisas de hombre, algunas corbatas, un cepillo de dientes azul.

-Perdón (me reclino y comienzo a guardar todo de nuevo en la caja)
Una mano se posa en mi hombro.
-Déjalo así.
Subo la vista y nuestros ojos húmedos se encuentran sé que apenas nos distinguimos el uno al otro. Sé que contiene esa caja, porque hay una esperándome. (continua...)
by Kofhy