la base del conocimiento humano es la aplicación universal de ciertos principios básicos de orden abstracto, filosófico, sin los cuales es imposible conocer, aún en el nivel más elemental, que son: el principio de identidad, el principio de no-contradicción y el principio de razón suficiente.
Todo conocimiento científico, filosófico o teológico necesita seguir estas leyes lógicas, que manan de la misma naturaleza de la realidad, para alcanzar cierto grado de certeza que no desemboque en el absurdo.
Pero la ciencia en el sentido técnico de la palabra, y especialmente la física, exige más: el criterio último por el que se acepta una hipótesis o teoría es la comprobación experimental de sus predicciones, y no se concede valor científico a ninguna elucubración si es imposible verificarla en un experimento. Incluso si hay limitaciones tecnológicas que hacen imposible actualmente el experimento necesario, al menos éste debe ser posible en principio.
La filosofía en todas sus ramas, tiene como único criterio de certeza el rigor de sus deducciones. El argumento más definitivo contra una posición filosófica es que lleva necesariamente a un absurdo, en contra del principio de no-contradicción.
Para la teología el criterio de certeza es la revelación, con el respaldo de la inteligencia y su santidad de Dios. Sus desarrollos, estudiando el contenido de la fe, deben ser de estricta lógica, pero si llevan a conclusiones que desafían nuestra comprensión, no por ello deben rechazarse, con tal de que no terminen en un absurdo. No es de esperar que la realidad suprema de Dios sea perfectamente comprensible para nosotros, pues ni lo es la materia ni nuestra propia personalidad humana.
Si tienes un porqué para vivir encontrarás casi siempre el cómo -Nietzsche