-¿Cómo está Miri? –Pregunta mi madre-. ¿Está bien tu amada? ¿Sigue metiéndose esos dedos tan regordetes en la vagina?
-Bien –le respondo yo-, la verdad es que muy bien. Me ha pedido tu corazón. Ya sabes, para poder estar segura que la quiero.
-Llévale el de Baruj –se ríe-, es imposible que llegue a darse cuenta de que no es el mío.
-¡Ay, mamá! –Me enojo-, que no estamos en la fase de mentirnos, Miri y yo estamos en momento de sincerarnos.
-Está bien –suspira-, pues llévale el mío, que no quiero que se peleen por mi culpa, lo que me hace pensar, por cierto, ¿en dónde tienes tú la prueba para que tu madre que te ama que le demuestre que tú también le corresponde amándola un poquito?
Furioso, lanzo el corazón de Miri contra la mesa con un golpe seco. ¿Por qué no me creerán? ¿Por qué siempre me ponen a prueba? Y ahora, tengo que hacer el camino de vuelta en dos autobuses con este cuchillo y el corazón de mi madre. Y eso que seguro de que ella no estará en casa, que va a volver otra vez con su novio anterior. Aunque no culpo a nadie, sólo me culpo a mí mismo.
Hay dos clases de personas, a las que les gustar dormir del lado de la pared y a las que les gusta dormir al lado de las que las van a empujar fuera de la cama.
Extrañando a Kissinger (Etgar Keret)





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