Cuando era niño…
La cama no tenía colchón, las cobijas eran sus brazos, no había mayor complicación que levantarse a cada caída, correr a encontrarle. Evitar a la bestia, esconderse en los escombros, jugar con los tirapiedras, coleccionar vidrios de colores. Hacer pequeños arroyos con la lluvia.
Esperar la misma estación cada semana, dormir con esa canción que en sus labios se repetía, tener entre mis manos las suyas, me hubiese gustado quedarme en esa seminconciencia, cobijarme bajo el mismo árbol, enterrar los tesoros, levantarme cada mañana con ganas de vivir.
Hacer nuevas historias libres de batallas, bestias y perdidas; hablar de el sol y la luna, de la luz sin sombras, no palpar los temores en el fondo del alma, dejar las preguntas en el camino, reir de nuevo de eso que llamaban responsabilidad, pasar sin vivir en el dolor y la ansiedad.
Todo es distinto a los ojos de un niño, diferente, sencillo, simple; la inocencia de los sueños, el valor de la compañía, los paseos por la orilla de la carretera, atrapar grillos que en la recamara guardaba, hablar con los animales del rio, beber la sal de las lagrimas sin temor, si cuando era niña todo era incomparable.





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