Una de mis preocupaciones constantes es el comprender cómo es que otra
gente existe, cómo es que hay almas que no sean la mía, conciencias
extrañas a mi conciencia, que, por ser conciencia, me parece ser la única.
Comprendo bien que el hombre que está delante de mí, y me habla con
palabras iguales a las mías, y me ha hecho gestos que son como los que yo
hago o podría hacer, sea de algún modo mi semejante. Lo mismo, sin embargo,
me sucede con los grabados que sueño de las ilustraciones, con los
personajes que veo de las novelas, con los personajes dramáticos que en el
escenario pasan a través de los actores que los representan.
Nadie, supongo, admite verdaderamente la existencia real de otra persona.
Puede conceder que esa persona está viva, que siente y piense como él; pero
habrá siempre un elemento anónimo de diferencia, una desventaja
materializada. Hay figuras de tiempos idos, imágenes espíritus en libros, que
son para nosotros realidades mayores que esas indiferencias encarnadas que
hablan con nosotros por encima de los mostradores, o nos miran por
casualidad en los tranvías, o nos rozan, transeúntes, en el acaso muerto de
las calles. Los demás no son para nosotros más que paisaje y, casi siempre,
paisaje invisible de calle conocida.
Tengo por más mías, con mayor parentesco e intimidad, ciertas figuras que
están escritas en los libros, ciertas imágenes que he conocido en estampas,
que muchas personas, a las que llaman reales, que son de esa inutilidad
metafísica llamada carne y hueso. Y "carne y hueso", en efecto, las describe
bien: parecen cosas recortadas puestas en el exterior marmóreo de una
carnicería, muertes que sangran como vidas, piernas y chuletas del Destino.
No me avergüenzo de sentir así porque ya he visto que todos sienten así. Lo
que parece haber de desprecio entre hombre y hombre, de indiferente que
permite que se mate gente sin que se sienta que se mata, como entre los
asesinos, o sin que se piense que se está matando, como entre los soldados,
es que nadie presta la debida atención al hecho, parece que abstruso, de que
los demás también son almas.
Libro del desasosiego
Fernando Pessoa





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