Conocí a Marx por la Dialéctica..

Cuando el estudiante Marx llegó a Berlín, en 1836, hacía cinco años que Hegel había muerto. Pero su espíritu seguía dominando a todos como si se encontrase a sus espaldas; hasta a los enemigos les trazaba el camino. El joven Marx escribe a su padre una carta en la que le dice que se siente cada vez más encadenado a Hegel, a pesar de su «grotesca melodía pétrea».

Bajo la influencia de la izquierda hegeliana y, más tarde, sobre todo, de Feuerbach, Marx fue desplazándose, triunfalmente, del espíritu al hombre. Pasó de la idea a la necesidad y a sus avatares sociales, de los movimientos de la cabeza a los de la realidad nacidos de los intereses económicos.

Ahora bien, si Marx de este modo puso a Hegel de pie, Hegel por su parte demostró que sus pies podían sustentar un recio cuerpo. Hay unas palabras poco cuidadas del gran espiritualista que parecen escritas no ya por el maestro del joven Marx, sino incluso por el del Marx materialista. En 1807[i] escribía Hegel desde Bamberg, donde trabajaba como redactor de un periódico, a su amigo de Jena, el mayor Knebel: «Me he convencido por experiencia de la verdad de lo que dice la Biblia y he hecho de ello mi estrella polar: buscad, ante todo, la comida y el vestido, y el reino de Dios os será dado por añadidura.» (Werke, t. XVII, pp. 629 s.).


o que termina con Marx es la dialéctica hegeliana considerada como el parlamento y la réplica de un diálogo cósmico; pero la dialéctica como proceso real es ahora precisamente cuando se pone de manifiesto. Lo que termina con Marx es el arqueólogo hegeliano, es el espíritu doblemente espiritualizado como recuerdo, que canceló en el cortejo dialéctico de los espíritus, no ya los espíritus mismos, sino el cortejo, el proceso o, como diría Marx, el espacio y el tiempo de la producción. Pero ahora es cuando se destaca visiblemente el todo real y su substrato realmente omnipotente en calidad de materia dialéctica que se mantiene abierta como proceso.

Esta materia despoja a la dialéctica hegeliana de todo lo que tiene de fantasmal y la hace oscilar de un lado para el otro, pero no reduce solamente a recuerdo el nuevo punto de apoyo. Esta materia no reduce la esencia que sirve de fundamento a lo que ha sido, ni tampoco a una sustancia existente desde el primer momento y que, por decirlo así, se extiende por todas partes, lista y terminada. La materia dialéctica no es tampoco, por ello, en modo alguno, la materia inmutable del materialismo mecánico. El adjetivo «dialéctica» es algo más que un simple adorno que apenas le roce la piel. La materia dialéctica no mira en su totalidad hacia los horizontes del pasado, como el espíritu hegeliano del recuerdo y como la materia mecánica desde Demócrito, sino que mira a los horizontes del porvenir. Laborando hacia él, hacia ese porvenir que va implícito en ella misma y que aún no se ha revelado, no sólo como fenómeno, sino como esencia, ve el materialismo dialéctico a la materia.

Marx hace a Hegel este reproche: «En la filosofía hegeliana de la historia, como en su filosofía de la naturaleza, el hijo da a luz a la madre, el espíritu engendra la naturaleza, la religión cristiana produce el paganismo, el resultado crea el comienzo.» Pero en el materialismo mecánico el comienzo no engendra ni siquiera un resultado. Su materia es estéril, infecunda; en cambio, la materia dialéctica encierra toda la vida del proceso en sí, fuera de sí y para sí, señalado por Hegel. Su reconocimiento ha destronado al logos de Hegel, con toda su domeñada inquietud y su inquieta rigidez; pero, en cambio, ha recogido la herencia de su reino histórico. Con todas sus diversidades, cualidades y lo que ya no es, evidentemente, algo histórico, sino lo decisivo del porvenir, la referencia a una totalidad futura y a fondo.

Ernst Bloch

Marx y la dialéctica idealista