JESUCRISTO VINO A DAR SU VIDA
PARA CON SU SANGRE
QUITAR EL PECADO
Y VINO A CUMPLIR PROFECÍAS
QUE HABLAN DE EL
Jesús citó las palabras
“Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has abandonado?” (Mateo 27:46)
de manera deliberada, cumpliendo la profecía mesiánica
del Salmo 22:1 escrito por David.
Al invocar el inicio del salmo,
Jesús señalaba que se cumplían las Escrituras:
burlas, sed, perforación de manos y pies,
y división de sus vestiduras,
todo predicho siglos antes por David.
Como el Hijo unigénito enviado por el Padre (Juan 3:16),
Jesús oraba reconociendo la soberanía de Dios,
mostrando su rol subordinado incluso en la agonía.
Llamarlo “Dios mío” es consistente con su posición
como el Hijo fiel, no igual al Todopoderoso Jehová.
Jesús llamó al Padre “Dios mío”
incluso después de su resurrección
(Juan 20:17, Apocalipsis 3:12),
lo cual es consistente
con su rol como Hijo subordinado,
no como Dios Todopoderoso.
JESUS NO ES DIOS HOMBRE
Jesús siempre distinguió al Padre
como su Dios y el único soberano (Juan 17:3),
orando y sometiéndose a Él
durante su vida humana y ministerio.
Esto refleja su posición como
el unigénito Hijo enviado (Juan 3:16),
no coigual ni coeterno con Jehová.