LA SOMBRA
Puede crecer en ti como la mordedura de la lepra;
puede ser tu verdugo.
El inocente monstruo. El insaciable comensal de tu muerte.
OLGA OROZCO
A Jaír, Álvaro y Alí.
Un recuerdo abisal de infancia:
el oscurecerse de la noche preludiando el miedo,
aquel deslizar hundiéndome en su limo,
el acecho del que era imposible describir sus pliegues,
sólo el temblor ante su ronda.
Larva, incubación del mundo que debe cumplirse para habitar las formas,
la razón de herida.
Al principio, en ese primer reino donde la mirada imanta, sin discernimiento,
la belleza y el daño,
era un guijarro apenas,
en proporción a las catástrofes de entonces.
En esa edad de la cual sólo quedan cicatrices,
la violencia indómita
y el pulso cuyas ráfagas eran el consumirse del tiempo,
construían, a la luz, una historia de la cual ella sigue nutriéndose
porque de noche, y en secreto,
la fue entramando a una conciencia más profunda y destructora.
Y creció como una glándula,
como una tumoración hinchada en la carencia y la hiel,
y se fortaleció en el deseo y la derrota,
en la eterna fábula del desencanto.
Y siempre fue ajena,
como una índole más allá de los umbrales vistos,
y siempre llegó, sin anunciarse, en las penumbras:
el intersticio entre un acto y su consecuencia,
el derrumbarse de objetos sin aparente vilo,
la desaparición del talismán que me evocaba el alba.
Era el ser reptando al fondo del pasillo,
el crujir bajo la casa.
Pronto se volvió una costumbre,
una ponzoña doméstica,
aunque se desplegaba a mis espaldas como un vuelo maligno.
Pero un día, en un repentino columbrar,
pude mirarla.
Era un magma,
una turbulencia mutando en múltiples rostros
hasta espesarse en un tejido que vibraba, extrañamente,
con el transcurrir de mi sangre.
Fue un instante apenas,
y tardó en volver su aparición,
aunque mientras me quemó su crepitar cuando a mi paso algún puente se quebraba,
al estrecharse aquellas ataduras que impedían el huir de un confinamiento,
en el presagio de unas lavas escindiéndome,
cimbrándome,
o en los caminos del juicio.
A veces la sentí en el sólo respirar y en el silencio,
y de noche, ya sin ocultarse,
se vertía en el sueño a manera de un infortunio
que embrollaba hasta el absurdo o la tortura los derrumbes del día,
los duelos de los cuales sólo yo conozco el nombre,
y comprendí que era ella la conspiración detrás de mis pérdidas.
Y entonces, como a quien haya traicionado el pacto invisible de la confesión,
quise aniquilarla de un certero golpe
y comencé a observarla en busca de su herida.
Así, logré imitar con exactitud sus gestos
(me detenía en un vuelco imperceptible de sus redes cuando ella notaba cierto matiz en las
palabras de los otros),
a predecir sus frases, sus razones,
a perfeccionar los anudamientos de sus cuerdas,
y llegó el momento en que, al anticiparme a sus mareas,
supe la inminencia de un exilio más
(acaso el peor, aunque no el definitivo)
a los que solía condenarme.
Y busqué refugio en otra orilla, no sin antes derruir sus trampas,
y sin embargo, en el escape, reconocí mi desandar en mis moradas rotas,
en las manos ya no estaba el talismán descubierto entre sus presas y que había logrado arrebatarle,
y nuevamente me encontré en el borde:
el camino hacia la dársena era un vacío.
Nunca en esta huída fui más allá de esa embocadura,
y cada vez una soga me asfixiaba con más fuerza.
Y un día, al llegar otra vez al límite,
me sorprendió su ondulación agitándose a mi lado,
y con asombro percibí que mi sangre acompasada a su latido
ya no me era una extrañeza.
Ahora, al saber la voluntad en la que abreva permanezco inmóvil,
porque ignoro la forma de romper la nervadura que nos une sin perder mi aliento.
Y habré de hacerlo pronto,
porque ella aguarda el ataque decisivo,
el instante donde no pueda escapar de sus augurios
y se haga en mí esa fatalidad agazapada,
el argumento de la destrucción que fui alimentando con mis venas.
CLAUDIA POSADAS, (Ciudad de México, 1970-)