-
René lo instaló con mucho cuidado, resultando que efectivamente, el contador de memoria marcó 640 kb.
Por ese tiempo llegaron al sindicato una comisión de científicos de la UNAM, del campus Xochimilco, quienes venían a realizar estudios de salud a los obreros. Al mando de la Doctora Assa Cristina Laurel, que tenía toda la apariencia de extranjera, blanca, alta, delgada y muy amable, atraído por la curiosidad de los estudios que realizaban me acerqué y le escuché decir a uno de sus asistentes “si al menos contara con una computadora, esto sería muy fácil” sin pensarlo y con mucho orgullo le dije, yo tengo una, me miró incrédula, -en Lázaro Cárdenas casi nadie las conocía- me preguntó ¿en dónde? Aquí mismo, en las oficinas, le respondí. Después de consultar con el Secretario General, se la prestamos, pero me quedé para ver que hacían, con unos disketts de 3.5 pulgadas instaló sus programas y ahora si, avanzaba muy rápido, con sorpresa, me di cuenta que lo que se visualizaba en la pantalla no se parecía a lo que desplegaba nuestro programa de asistencia a las asambleas, después de contarle lo poco que sabía, me informó que estaba usando un programa de bases de datos llamado D´base III, que era muy rápido y seguro, que además permitía programación lineal, por lo que era muy fácil de aprender. Convirtió mi lista de trabajadores en una hoja de cálculo de Lotus – programa que después se llamaría “Quatro” y finalmente “Excel” hasta la fecha. Posteriormente, transformó la hoja de cálculo en una base de datos y me enseñó las ventajas de ordenar los registros alfabéticamente, numéricamente o por algún campo. Bastó una orden “sort” o “index” para lograrlo en un minuto, mientras que nuestro programa tardaba una hora o más en hacerlo. Emocionado le pedí una copia y accedió de inmediato. Corrí a contárselo a René, que no me creyó, hasta que hice la misma demostración quedando convencido. Él, mucho más inteligente, se dio a la tarea de investigar el manejo de este programa, compró algunos libros y en 15 días, se encontraba programando a cualquier hora – comentaba Juana, que se despertaba en la madrugada y encendía su pequeña computadora-. A partir de ahí me ayudó cada vez que tenía un nuevo reto que realizar en la mía, los trabajadores se admiraban, cuando por alguna causa el sindicato tenía que hacer pagos. Solicitaba la nómina de Sicartsa en formato de hoja de cálculo, actualizaba la última que me hubieran facilitado y diseñaba un programa para imprimir recibos, el editor de texto se llamaba “side Kick”, ya que aunque el editor de textos “Wordstar” estaba de moda, no me servía y D`Base no lo ejecutaba. Por defecto conocí, –todos regalados- otros programas, entre los que recuerdo “BannerManía”, que permitía hacer grandes letreros en varias hojas, con diferentes tipos de letra y agregaba algún dibujo sencillo; “PrintMagic”, que aunque solamente usaba una hoja, tenía muchos dibujitos y del mismo modo “PrintMaster”. Éste lo trajo mi antiguo maestro de la escuelita de computación, porque no sabía cómo usarlo, yo tampoco, pero observé que la impresora hacía una raya repintada muchas veces y se me ocurrió avanzar un brinquito entre cada pasada, descubriendo que se formaban dibujitos, después aprendimos a configurarlo y era una maravilla.
-
-
De algún modo llegaron unos diskettes de 5 ¼ de pulgada con tutoriales llamados “Aprendam… os Lotus, Word y algunos otros, me fueron de gran ayuda, mi puesto en el sindicato era muy respetado.
Por este tiempo se corrió un rumor de que a mi hermano Mauricio lo habían matado, le pedí ayuda al Secretario de Asuntos Políticos para investigar y él , valiéndose de sus relaciones, lo hizo en varios municipios, sin encontrar nada, pero sucedió algo extraordinario, Lourdes, la última mujer que había traído a la casa, se presentó llorando y nos dijo que le habían contado del supuesto asesinato de mi hermano y luego se fue, traté de localizarla, por supuesto, en las cantinas, Ana me acompañó a la zona de tolerancia para preguntar por ella y en un lugar donde lo hice, me atendió una señora ya entrada en años y le conté más o menos porqué la buscaba, sorprendida me preguntó ¿Tú eres Francisco Tapia de Apatzingán? Le contesté afirmativamente y entonces me volvió a preguntar ¿tu padre se llama Bonifacio Tapia? Le dije que si, entonces me abrazó y me dijo “él fue mi “viejo” por un tiempo, pero lo perdí” entonces me volvió a preguntar ¿tienes un tío que se llama Francisco Tapia también? Nuevamente le dije que si, entonces me dijo muy amable, “ven cuantas veces quieras, puedes disponer de todo lo que hay aquí, bebida, música o mujeres, me siento feliz de conocer a un hijo de Bonifacio” me sorprendió, pero agradecí su oferta, aunque nunca volví por ahí, a Lourdes no la encontramos por ninguna parte, pero un día una de mis hermanas me comunicó que Mauricio estaba bien, al parecer en el estado de Colima. Efectivamente, pasado un poco de tiempo se presentó ante mí, venía sin dinero, los zapatos rotos y otra mujer, me contó que ésta era bailarina, le ayudé para la compra de zapatos y le di algo de ropa, así pasó algún tiempo, cuando regresaron, traían un hermoso niño güerito al que habían bautizado con el nombre de Cruz Candelario, mi nueva cuñada, Érika, era muy tranquila, bella y amable, a pesar de ser bailarina de cantina, nada en su personalidad lo delataba, los visitamos en Apatzingán y tiempo después les llegó una niña, de la que nos hicieron padrinos, la vida parecía normal, pero ahora tenían con ellos a una hermana de ella, una muchacha muy bella, de cuerpo escultural llamada Martha, que igual se dedicaba a bailar en cabarets, aún no cumplía los 15 años y era un bocado muy codiciado por los asistentes.
-
Por este tiempo se corrió un rumor de que a mi hermano Mauricio lo habían matado, le pedí ayuda al Secretario de Asuntos Políticos para investigar y él , valiéndose de sus relaciones, lo hizo en varios municipios, sin encontrar nada, pero sucedió algo extraordinario, Lourdes, la última mujer que había traído a la casa, se presentó llorando y nos dijo que le habían contado del supuesto asesinato de mi hermano y luego se fue, traté de localizarla, por supuesto, en las cantinas, Ana me acompañó a la zona de tolerancia para preguntar por ella y en un lugar donde lo hice, me atendió una señora ya entrada en años y le conté más o menos porqué la buscaba, sorprendida me preguntó ¿Tú eres Francisco Tapia de Apatzingán? Le contesté afirmativamente y entonces me volvió a preguntar ¿tu padre se llama Bonifacio Tapia? Le dije que si, entonces me abrazó y me dijo “él fue mi “viejo” por un tiempo, pero lo perdí” entonces me volvió a preguntar ¿tienes un tío que se llama Francisco Tapia también? Nuevamente le dije que si, entonces me dijo muy amable, “ven cuantas veces quieras, puedes disponer de todo lo que hay aquí, bebida, música o mujeres, me siento feliz de conocer a un hijo de Bonifacio” me sorprendió, pero agradecí su oferta, aunque nunca volví por ahí, a Lourdes no la encontramos por ninguna parte, pero un día una de mis hermanas me comunicó que Mauricio estaba bien, al parecer en el estado de Colima. Efectivamente, pasado un poco de tiempo se presentó ante mí, venía sin dinero, los zapatos rotos y otra mujer, me contó que ésta era bailarina, le ayudé para la compra de zapatos y le di algo de ropa, así pasó algún tiempo, cuando regresaron, traían un hermoso niño güerito al que habían bautizado con el nombre de Cruz Candelario, mi nueva cuñada, Érika, era muy tranquila, bella y amable, a pesar de ser bailarina de cantina, nada en su personalidad lo delataba, los visitamos en Apatzingán y tiempo después les llegó una niña, de la que nos hicieron padrinos, la vida parecía normal, pero ahora tenían con ellos a una hermana de ella, una muchacha muy bella, de cuerpo escultural llamada Martha, que igual se dedicaba a bailar en cabarets, aún no cumplía los 15 años y era un bocado muy codiciado por los asistentes.
-
En el sindicato, con motivo de fin de año, se hizo tradición que los funcionarios ofrecieran a los empleados una “Cena-Baile” de ambiente familiar, nos regalaban arcones navideños y hacían rifas de algunos electrodomésticos pequeños, lo pasábamos muy bien, varias veces fui el ganador de arcones y me tocaba agradecer, al micrófono, por la bondad de los patrones y sin querer me volví el representante del personal. De igual manera conseguí la confianza de mis jefes directos, los tesoreros que se sucedían, al grado que en ocasiones yo sabía la combinación de la caja fuerte y ellos no, llevaba el manejo de bancos, las declaraciones ante la Secretaría de Hacienda, sin recibir nunca una multa por errores, tramitaba placas y tarjetas de circulación para los vehículos y hacía pequeños servicios de mantenimiento del edificio, tenía un juego de llaves de todas las oficinas, arreglaba puertas y ventanas, dirigí la construcción de un aljibe y la instalación de la bomba, cambiaba focos fundidos y hasta arreglaba desperfectos en los baños. En una palabra, me puse la camiseta y recibía a cambio mejor trato y consideraciones, cumplía a tiempo y nadie me pedía cuentas por mi trabajo. En algunas ocasiones, al terminar de pagar en Sicartsa nos quedaban muchos sobres no cobrados, llenaba mi portafolios con ellos y mientras que la basura y los comprobantes salían en una caja grande, que transportaban en una camioneta, custodiados por varios trabajadores, yo salía con mi portafolios en mi carrito –Volkswagen, tipo Caribe- sin protección alguna. Afortunadamente nunca tuve un tropiezo. En una ocasión se lo confié a un vecino y me dijo “amigo, no sea pendejo, pélese de una vez, con ese dinero puede ir a donde quiera, cuando lo busquen, ya no lo encontrarán”. Sonaba fácil, pero no era mi estilo, solamente que aquello me hizo pensar en dos cosas: Primero, que corría un riesgo muy grande al transportar dinero ajeno, y Segundo, que fue un error haber comentado con el vecino el sistema, ya que hasta él, llevado por la codicia podía asaltarme. Razoné la primera idea con los funcionarios y contratamos los servicios de una empresa de seguridad para el traslado de dinero en adelante.
-
Una ocasión, con motivo de un intercambio de regalos por el fin de año entre los empleados, vi que llevaron una hermosa guitarra y comenté con mi mujer “ya llegó mi regalo” y nos reímos, cuando subió el compañero que la llevaba anunció que era para mí. Fue una sorpresa muy agradable.
8.3.- Pleito de borrachos
Precisamente en un evento de este tipo tuve una pelea de esas sin motivo que se dan entre borrachos, llegué con mi esposa al lugar del evento (para empleados del sindicato) y me encontré con una mesa muy larga en la que había varias botellas de ron refrescos y hielo. Nos ubicaron y empecé a tomar, de pronto de otra mesa, vino un comisionado sindical y sin decir agua va se llevó los refrescos, una acción normal, pero un poco más adelante pensé servir una cuba a mi esposa y al no encontrar refrescos, con la misma naturalidad fui a la otra mesa y les tomé un refresco, regresé a mi mesa y hasta ahí llegó el comisionado anterior, quien me tomó por el cuello con insultos, me levanté para responder a la agresión, pero había invitados de el “Nacional” y de las autoridades locales, por lo que no me lo permitieron y se llevaron al sujeto evitando la pelea, sin embargo, ya estaba encendida la mecha. Cuando el conjunto anunció el final de su contrato, le ofrecieron pagar otra hora para que siguiera tocando. Todo parecía normal, pero al no haber refrescos en mi mesa, me levanté para ir a la barra a pedir una agua mineral, mi rival ocasional vio la acción desde su mesa, se levantó de inmediato y se dirigió a mí, nuevamente con insultos, ahora no hubo tiempo de que nadie interviniera, nos lanzamos el uno contra el otro y no le pegué ni él me pegó, llevado por el impulso, fui a caer bajo una mesa desde donde me di cuenta que él se levantó primero y venía nuevamente a atacarme, me levanté apresurado, volcando la mesa y los vasos y botellas que tenía sobre, ahora si, el intercambio de golpes fue intenso, curiosamente, no sentía que él me tocara y mis golpes parecían leves empujoncitos. De pronto me sujetaron los amigos tratando de tranquilizarme, yo, pensando que aquél intentaría aprovechar que me tenían sujeto, di vuelta con todas mis fuerzas, derribando otras mesas, no podían detenerme. En esta lucha trataba de localizarlo, pero no lo veía, hasta que mi esposa enojada por el ridículo que estaba haciendo me dijo “ya lo tiraste”, ¿qué más quieres? Efectivamente, estaba derrumbado al pie de la batería del conjunto, pero como estaba muy borracho, ya encarrerado, pedía que lo sacaran para golpearlo más. Algunos me llevaron a mi casa y pensando que iría a buscarlo a la suya se quedaron a seguir tomando conmigo, en el patiecito de enfrente, amanecía cuando tuvieron la idea de ir al menudo , y allá fuimos, con el menudo acercaron cebolla rebanada y limones. Yo creyendo que le ponía cebolla a mi plato lo surtí de rebanas de chile perón y cuando me di cuenta del error era tarde, tomé agua en cantidades industriales buscando alivio, limón y sal, después me fui a casa y dormí el resto del día.
Los funcionarios se iban de parranda a donde quiera, por ejemplo, en una ocasión fueron llamados por el nacional, a la ciudad de México. Llegaron con un día de anticipación y se fueron de parranda a un tugurio que se anunciaba mediante tarjetas de presentación como “Pieles Finas”, en lo más emocionante de su estancia, llegó un grupo de malandrines con pistola en mano y los despojaron de todo: dinero, carteras, identificaciones y hasta las mochilas con su ropa para 2 días. Totalmente despojados tuvieron que presentarse ante Don Napo, quien los regañó por no haber llegado directamente al hotel Minero y les prestó dinero suficiente para que regresaran. En ocasiones inventaban alguna comisión para no presentarse a sus casas durante algunos días, pero se olvidaban de dejar lo necesario para el sustento de la familia, sus mujeres me llamaban angustiadas y después de enterarlas a dónde, supuestamente, habían tenido que ir. Les daba algún dinero, que lógicamente informaba a ellos a su regreso para que hicieran los arreglos necesarios para borrar la deuda.
-
El personal, todos en general, apoyábamos parejo, en sus huelgas o paros preparábamos ollas de café, que distribuíamos a los piquetes de vigilancia durante la noche, en una ocasión, apoyados por una camioneta de la Cooperativa sindical, fuimos rodeando por la segunda etapa de la planta, hasta la playa, aún no se hacía una carretera, y nos sorprendió la tormenta, se inundó el estero y se alborotaron los pequeños caimanes, los veíamos pasar frente a las luces como saetas, lo normal era que hubieran caimanes adultos, la brecha estaba también inundada, solo que al ser camino era más compacta, de pronto caímos en una pequeña depresión y la camioneta se apagó, el agua llegaba hasta la plataforma y no teniendo más remedio bajamos a empujar en medio del agua hedionda del pantano.
En otra ocasión tuvieron la desafortunada idea de hacer una huelga de hambre, aguantaron una semana, en la que les surtimos de sueros y miel, eso sin contar con la elaboración de miles de volantes. Total apoyo, en ocasiones nos lo agradecían con un pequeño aumento de salario, en ocasiones nada.
Un suceso que causó revuelo ocurrió cuando mediante movimientos políticos, le movieron el tapete a mi jefe directo, el tesorero, un joven muy activo llamado Gilberto. De alguna forma lograron que “El Nacional” anunciara una auditoría a la tesorería de la sección. Enterado, mi jefe, dijo con alarma: ¡ahora sí nos llevó la…! Lo tranquilicé, haciéndole saber que la mayoría de los informes estaban bien fundados con documentos reales y estados de cuenta bancarios. Llegaron muy serios y solicitaron la entrega de todos los documentos, se les proveyó de una cafetera y 2 secretarias, a su elección para que los auxiliaran, se les instaló en un buen hotel y por las noches se les invitaba a los antros, muy bien atendidos. Como yo era el más cafetero, hice amistad con el auditor, quien poco antes del término me dijo “en general van bien, pero tienen un brinquito muy importante, tienen un recibo por una cantidad muy fuerte, de la que no veo, ni el ingreso al banco ni la salida correspondiente y rebasa la tolerancia que normalmente concedemos, alarmado, lo comenté con Gilberto, quien al parecer no le dio importancia y me dijo, “ya mañana veremos, te invito a beber hoy”. Lo llevé a su casa perdido de borracho, sin que mencionara una sola vez el problema. Al día siguiente, ante mi sorpresa, dijo ¡ya sé qué es!. Todo se reducía a que la empresa entregó al sindicato , mediante el tesorero, un cheque por una cantidad muy grande, conteniendo la caja de ahorro de los trabajadores, pero el sindicato local, decidió que mejor el pago lo hiciera la propia empresa y sin guardar las formas, al regresar el cheque para este procedimiento no recogieron el recibo correspondiente, por lo que sólo había registro del ingreso, pero no de salida. Se reclamó de inmediato el documento a la empresa, donde manifestaron que estaba disponible desde hacía meses, sólo esperando a que pasaran por él. Una vez recuperado, se presentó a los auditores y todo quedó dentro de lo normal. Fue un proceso dentro de lo cotidiano, pero me atribuyeron el triunfo.
-
Fue por esta temporada en que ingresó una nueva secretaria a las oficinas del sindicato; ¿su nombre? Silvia, de Playa Azul, de estatura regular, más o menos 1.70 m. rubia, muy bien formada, a todos nos llamó la atención, de carácter desenfadado, alegre y muy cordial. Los hombres la mirábamos con codicia y las mujeres con envidia, resultó ser muy eficiente y buena compañera, me hice adicto a ella, pero solamente como compañero de trabajo. Me gustaba mucho. A pesar de su juventud, su escultural cuerpo y su belleza, era muy sencilla. Mi esposa la veía con desconfianza y me inventaba amoríos con ella ¡Que más hubiera querido yo!, sólo fuimos buenos amigos. Mi hijo, aún pequeño, de forma inocente comentó un día que llegamos tarde a comer porque la llevamos al mercado a comprar queso. Eso abrió la llave a un chorro de reclamos celosos y pleitos interminables. Un día por fin, Silvia renunció al empleo.
Con este motivo se abrió una convocatoria para buscar una secretaria nueva. Me comisionaron para seleccionarla entre varias aspirantes, invité a la maestra de taquimecanografía del Seguro social para que realizara estas pruebas y eligiera a la mejor, este concurso lo ganó una señora de aspecto agradable, pero muy decente, de igual manera resultó, para mí, ganadora en urbanidad y en ideología laboral, conforme a lo que se manejaba, pero al presentarla a los funcionarios, la rechazaron, ya en confianza, me dijeron que querían a una secretaria que engalanara con su presencia las oficinas, que la señora estaba muy bien de conocimiento y eficiencia, pero no. Les dí carta abierta para que eligieran la que les pareciera mejor y lógicamente eligieron por sus atributos femeninos, no por su eficiencia.
-
La señora del aseo – Doña Santos- era la clásica mujer costeña, alegre, dicharachera y pícara-, la parte trasera de las oficinas daban al malecón del río balsas, ahí las parejitas iban por la tarde a noviar. Una tarde de esas entró a mi oficina y me dijo “Paco, asómate a la ventana, hay función gratis, no le entendí de pronto y me asomé. Efectivamente, una pareja se acariciaba un poco más de lo normal, volví a mi lugar pero a poco rato llegó mi jefe y me pidió que fuera a la oficina contigua a recoger un documento, y al llegar me sorprendió ver que varias secretarias y comisionados se arremolinaban en la ventana para ver los desfiguros de la parejita. El señor del aseo – Don Luis-, que también era un pícaro, con ese pretexto se pegó a Doña Santos, pero imagino que lo hizo de forma muy notoria porque ella, sin decir agua va, le dirigió una cachetada con mucha fuerza. Él, hombre de campo, delgado y muy ágil, la evitó agachándose pero la mano no se detuvo hasta chocar con el rostro de un comisionado gordo que se encontraba cerca. Se tambaleo y estuvo a punto de caer. Doña Santos enrojeció de la vergüenza por el error y a punto de llorar pedía perdón, mientras Don Luis escapaba a todo correr. La carcajada general fue tan fuerte, que la parejita, que se encontraba como a 15 metros, fuera de las instalaciones, se separó, retirándose de inmediato.
-
IX.- PROBLEMAS FAMILIARES
Mi hermano Mauricio seguía su vida, sin preocuparse de nada, con fuertes problemas conyugales, ya que al parecer, ahora tenía dos mujeres, mi cuñada Érika y su hermana Martha, a las que regenteaba y se había vuelto adicto a la cocaína, según nos llegaban los rumores, hasta que un día, el hilo se rompió. Entonces ellas huyeron de su casa y vinieron a refugiarse a la mía, nos contaron que él las explotaba mucho para poder sufragar sus gastos de drogadicto, que en un principio los tres ingerían droga, pero que ellas ya se habían retirado y él no quería hacerlo, hasta que decidieron no soportarlo más y terminaron a golpes, por eso se habían salido de la casa. Conociendo a mi esposa, con su carácter celoso y queriendo evitar también un pleito en mi casa, fuimos Ana y yo a Apatzingán, ahí vimos a Mauricio y platicamos con él, le dije que viniera por sus mujeres y efectivamente, regresó con nosotros a Lázaro Cárdenas, pero no solucionó nada, él y Érika llegaban por la madrugada con Martha cayéndose de borracha y sus pleitos eran continuos, por lo que previendo el mal ejemplo que daban a mis hijos, les pedí que se marcharan, fijamos un plazo razonable y poco antes de que se cumpliera, recibí, en mi trabajo un llamado telefónico de Ana, que me decía que Érika se había salido de la casa con sus hijos y Mauricio estaba borracho y agresivo, regresé a la casa y traté de hablar serenamente con él, pero no me escuchó, insistía en que yo me había llevado a su mujer y me daba un plazo de 7 días para que le entregara a las dos en Apatzingán o en caso contrario se olvidaría de que éramos compadres, se fue y anduvo un par de días en Lázaro, diciendo a mis amigos que me iba a matar, increíble por ser mi hermano, Martha me pidió ayuda para no regresar con él y presentó una denuncia penal, por ser menor de edad. Mauricio, mientras tanto visitó a Pedro, a Reynaldo y a mi hermano Gonzalo, regando amenazas en mi contra y buscando apoyo, pero en todos lado recibió la misma respuesta negativa. Se fue a Apatzingán y continuó su campaña en mi contra, visitó a mi tía Felipa –hermana de mi papá- y le pidió a Rubén su esposo, que le vendiera una pistola, Anselmo, me previno en una ocasión de que pensaba venir, entonces le dije “si Mauricio viene, apenas baje del autobús lo meto al bote, sus mujeres metieron denuncias y sólo porque no he querido, no está en la cárcel, puedo hacer que lo detengan allá”, lógicamente no lo haría, a mí nunca se me olvidó que es mi hermano, Me avisaron que mi hermano Felipe estaba muy grave, de unas úlceras y fui a Apatzingán, llegaron también mi hermana Estela y mi hijo y cuando esperábamos que nos permitieran verlo en el hospital, llegó Mauricio, quien me veía con el ceño fruncido, después me enteré que había intentado agredir a mi hijo, lo que no sucedió por la intervención de los hijos de Abraham, y eso estuvo bien, mi hijo, estudiaba en la Militar de Aviación en Zapopan, Jalisco y ya no era el niño que Mauricio conoció, sino un joven fuerte físicamente y preparado para la defensa personal. Felipe estuvo muy grave, mi amigo Armando, que ahora era Doctor, nos recomendó a un colega de oficio que tenía una clínica y lo llevamos ahí, dado que en el hospital se declaraban impotentes para salvarlo. Fue necesario conseguir sangre de su tipo AB+ -difícil y escasa- por lo que tuve que recurrir al Banco de Sangre de Uruapan en 3 ocasiones. Un hermano de Roselia –mi ex de la infancia- me acompañó y donó sangre, ya que aunque no la vendían, era necesario llevar dos donadores y 750 pesos por cada unidad –supuestamente para prepararla- y de esa forma en 10 días lo dieron de alta para continuar su vida. Nosotros, como siempre nos habíamos hospedado en la casa de mi suegra y nos contaron que una noche, Mauricio y un malandro habían estado espiando la casa para atacarnos, un día antes de que Felipe fuera dado de alta, nos despedimos de él recomendándole que no lo comentara con nadie, y emprendimos el regreso, después nos enteramos que habían ido a esperarnos en la carretera.