No sé si esto irá aquí la verdad. Pero quiero compartirlo.
Varios factores hoy se juntaron para que me tocará ver lo que me tocó ver.
Hay un pensamiento, una tristeza rara que desde hace varios días ronda por mi mente. Es algo inexplicable, nace de lo más hondo y crece hasta apagar la emoción del ser.
Hoy debía ir al centro de la capital a hacer unas compras, así que salí unos minutos antes de las 12. Al salir e ir caminando hacia donde se toma el autobús, el dolor en las piernas (músculos magullados) me hizo pensar en irme caminando y así aflojar un poco los músculos y talvez calentarlos. Me dije que sí, pues eran unos 3 km de ida y otros 3 de vuelta y la verdad nada me atrasaba. Además sería bueno perderme en el tumulto, olvidarme un poco de mí, olvidar esa tristeza rara que me asecha. Y es que, qué mejor lugar para esconderse que a la vista de todos?
Con estas ideas en mente inicié mi rumbo.
Llegué al lugar hacia donde me dirigía, hice mi compra y me dispuse a regresar. Al entrar al Búlevar de la Avenida Central el sentimiento de inquietud aún me acosaba. De pronto, en un instante, menos de un segundo talvez, todo se detuvo. Me vi frente a frente con esa mirada. Un adulto de unos 32 años, sucio, harapiento, sentado en una silla de ruedas, con su mano extendida hacia abajo, puesta sobre su perro, ya no lo acariciaba, tan solo colocaba su mano sobre él. Esa mirada, vacía, perdida, esa mirada que ya no expresa nada, que ya ni siquiera espera la muerte, me atravesó. Era la mirada del cáncer, lo supe. La mirada de cuando ya el dolor lo ha matado todo, hasta la ilusión.
La reconocí y después de ese instante vinieron más instantes, instantes en los que no fui más yo, fui solamente recuerdo, evocación, muerte.
Unos 200 metros más adelante, tuve una epifanía. De pronto vi con claridad todo. Supe que mi tristeza rara no es más que producto de un capricho, de algo que la vida me ha negado y que yo me he cegado en anhelar.
Después me invadió una tristeza diferente, ahora sí fundamentada, clara. No me quedó más que caminar y olvidar...
Mi pena es sencilla y nada misteriosa y, como tu alegría, por cualquier cosa estalla.